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lunes, 3 de noviembre de 2008

EL TÚNEL...Un Tesoro Azul

El Túnel... Un tesoro azul

Héctor Parra González

Puerta del Túnel

Aquí está el viejo Cuauhnáhuac, el que se negó a morir al paso de la “conquista” española. Aquí yacen nuestras raíces tlahuicas; reales fundadores de esta hermosa y prodigiosa tierra.

Aquí están aún esas piernas largas con olor a guayaba que se niegan a morir al paso de la mano destructora que no respeta el origen de nuestra vida.

Aquí está el “ombligo azul”, creador de este cordón umbilical que ha sido fuente de vida de las viejas y presentes generaciones.

Aquí está, casi en el corazón de Cuernavaca ese “tesoro azul”, escondido entre ese laberinto de oscuridad que niega a todos observar su brillantez, transparencia y vitalidad.

Aquí está en su escondite, abrazado por enormes raíces, piedras caprichosas y frondosos árboles, que como guardianes silenciosos, sólo observan el ritmo del agua viva que confluye en armonía.

Aquí está aún y al paso del tiempo “El Túnel”, el que baña ilusiones, despierta sueños, combate la hambruna y mitiga la sed de los seres vivos.

Aquí está aún, guardado entre lo más recóndito del subsuelo “el tesoro azul”; riqueza natural preciada e inigualable que se niega a morir por ser el heredero del Rey Chichinautzin.

De niño quise abrazar su enorme caudal; de niño quise penetrar la corriente; de niño quise beber su pureza y detenerme con él en ese túnel del tiempo, pero fue el mismo tiempo… ¡quien me impidió hacerlo!

¡Regresé..!

Caminé por esa barranca amurallada, hasta esa puerta de acero ya carcomida por el correr de los años.

¡Me detuve!

Aprecié el largo pasadizo y la oscuridad que encierra.

¡Cerré los ojos!

A lo lejos, imaginariamente pude observar los quinqués y varias siluetas de hombres con picos y palas excavando el primer pasadizo -que suponía-, los conduciría hasta el “tesoro azul”, ¡pero no fue así! ¡Se habían equivocado!

Don Eugenio de Jesús Cañas, tenía la encomienda por parte del gobierno de encontrar la cascada, con el propósito de instalar una planta generadora de electricidad que abasteciera a la ciudad de Cuernavaca, por lo que optó por trazar otro camino de más de 200 metros en el fondo de la barranca “San Pablo”, guiándose únicamente por la corriente del manantial.

Sentados sobre piedras del río y bajo la exuberante vegetación que rodea la barranca, don Eugenio de Jesús Cañas aguardaba en silencio para que algún día un trabajador pronto diera la noticia.

Días, semanas, meses y años transcurrieron; sin embargo, el esfuerzo y dedicación de varios hombres, que jamás perdieron la ilusión y esperanza de hallar el “tesoro azul”, fortalecían aún más sus sueños, puesto que habían escuchado ya la afluente de vida.

Túnel _ 02

Uno de los trabajadores, toma el quinqué y entre ese laberinto rocoso e imperfecto sale corriendo a dar la noticia:

- ¡Don Eugenio! ¡Don Eugenio! ¡Llegamos al ombligo azul! ¡Encontramos el tesoro azul!

Todos los trabajadores y don Eugenio se abrazan, ríen y a otros más les brotan las lágrimas de felicidad.

- ¡Lo hicimos! ¡Lo hicimos! -Gritaban otros-.

Inmediatamente don Eugenio de Jesús Cañas toma el quinqué de uno de sus trabajadores y empieza a recorrer el túnel. Llega a la cascada y se queda asombrado de la maravilla natural que habían descubierto. El silencio se apodera de él; su cuerpo se queda estático. Las miradas se entrecruzan y atina a decir don Eugenio a los ahí presentes: …”Fueron muchos años para descubrir el tesoro azul, fuente de vida para las futuras generaciones, pero Dios guarde la hora de que sea el mismo ser humano, quien la destruya en pocos años y agote su existencia…”.

¡Abrí inmediatamente los ojos! Volteé a mí alrededor y escuché a los guías invitarme a pasar al túnel.

Di los primeros pasos e inmediatamente abracé su enorme caudal. ¡Me arrodillé en el túnel como si lo hubiera yo conquistado! El sonido penetró todos mis sentidos que detuvieron el tiempo en ese momento. Ese niño que quiso acceder hace años, finalmente lo hizo suyo.

Ahí estaba -como no imaginaba- ese camino terregoso, tejido con relieves alumbrados por ojos “mecánicos”, que dan vida al agua cristalina que se desliza hasta perderse en ese hilo subterráneo.

En el túnel no existe el silencio; siempre domina la acústica avasallante y de estruendo como un relámpago; pero también, la sinfonía del correr del agua que le canta a la vida.

En el túnel no hay tiempo, no hay sol, no hay mañanas ni atardeceres; siempre es una noche eterna, tranquila y callada que se arropa por un tiempo que no pasa, que es permanente.

Empecé a recorrer ese laberinto que despertaba aún más mis sentidos; miraba alrededor para observar ese mundo subterráneo perfecto, construido por la mano del hombre.

Túnel_03


Una vez más me hinqué y acaricié con las yemas la parte superficial del agua cristalina, ¡La hice mía! Y entendí el sacrificio del ser humano para llegar a conquistar el “tesoro azul”.


Ya frente a él, había semejanza en su correr, en su fortaleza y vitalidad, tal y como por herencia se nos enredan las raíces de la vida. Me conduje con asombro hasta buscar el final o principio de su partida; ¡y aunque no lo sé…! Sé que me sigue y seguirá llamando la voz del Rey Chichinautzin para que mis ancestros nunca mueran.


tomado de : www.diariotiempom.com



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