copiado de LA JORNADA SEMANAL http://www.jornada.unam.mx/2012/07/29/sem-paula.html
Entre el indio muerto y el indio vivo
Ana Paula Pintado
La gran utopía de la conquista de México consistía en crear una nación fuerte, vigorosa y homogénea; cultural y racialmente. El indio era la pieza que debía de encajar en esta gran utopía. A través del trabajo misional, primero el bautismo y luego la doctrina, se buscaba recuperar su “naturaleza humana” y “reorientar su destino”.
Paradójicamente, al mismo tiempo que se rechazaba al indio vivo, los criollos acogieron los símbolos prehispánicos para usarlos como emblema de una nación en construcción; una nación que ya buscaba su independencia frente a la Corona Española. Tal es el caso del arco triunfal que en 1680 Sigüenza y Góngora, por encargo del cabildo de la capital, ejecutó. El objetivo era mostrar el poder del virreinato y para ello se plasmaron, además de otras imágenes, dos tlatoanis mexicas. Pero eso nada tenía que ver con la realidad que se estaba viviendo en esos momentos con los indígenas, pues ni su poder ni su idiosincrasia eran respetados. Era sólo una estrategia política. Como fray Servando Teresa de Mier, que durante los festejos del 12 de diciembre de 1794 declaró que los mexicas ya eran cristianos antes de que llegaran los españoles. Intentaba mostrar a la Corona Española que no eran esos “salvajes” con creencias extrañas. Este es el momento donde comienza no sólo la muerte del indio vivo, sino también la ruptura entre su imagen y su significado y, más allá de esto, entre nosotros mismos.
La estrategia colonialista tocó varios puntos, pues no sólo se debía convencer a los españoles de la “verdadera identidad del indio”, sino había que transformar el pensamiento indígena. Al descubrir que la debilidad de los aztecas era el temor al fin del mundo, los españoles transformaron el significado de los dioses prehispánicos, temidos y venerados, en dioses que buscaban la paz, mandando un mensaje opuesto al del fin del mundo. El ejemplo más conocido es el de la Virgen de Guadalupe. Sabemos que el lugar donde se le aparece a Juan Diego era el sitio sagrado de Tonantzin, Cihualcóatl o Coatlicue, la mujer culebra. Según el mito prehispánico, Tonantzin fue la primera mujer en dar a luz, era la protectora de los partos y de las mujeres muertas al parir. Era venerada y a la vez temida (como muchas deidades prehispánicas o contemporáneas), pero cuando aparece la Virgen de Guadalupe, la Tonantzin ya no es la mujer culebra, pues ahora su misión era mantener la paz entre los españoles y los indígenas y crear una nueva identidad, la del mexicano.
Indios echados a los perros, grabado europeo |
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