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miércoles, 11 de diciembre de 2013

JORGE TEILLIER: "En Cualquier Lugar del Mundo", poema.






Salgo de la casa a orillas del río
El cartero me ha traído periódicos de 1935
Saludo a los pescadores a lienza
Llego al Restaurant al aire libre del pueblo
Todos los clientes
Están siempre vestidos de Domingo
Todos se conocen pero nadie saluda a nadie
La iglesia está cerrada a piedra y lodo
Ha vuelto el Astrólogo que escribe en los muros:
"Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado"
A lo lejos hay soldados que encienden hogueras
Que empañan la tarde
Ellos pronto empezarán a luchar
Ellos nunca entrarán a este pueblo
Donde nadie ha sido marcado
Llega una procesión de niñas vestidas de Primera Comunión
Que dejan sus muñecas en las sillas vacías
Más tarde aparecen prostitutas de ojos almendrados
Que traen brazadas de flores silvestres
Todas se van
Los basureros recogen las muñecas y las flores
Y en sus carretillas las llevan a los sitios vacíos
Nuestras casas se abren
Entramos solitarios a ellas
Llueve por primera vez sobre la tumba del hermano muerto
Mañana será el mismo día que mañana.


En Antología destartalada

martes, 9 de abril de 2013

MANUEL MEJÍA VALERA: "El Discípulo", cuento.



EL DISCÍPULO

de Manuel Mejía Valera

JAVIER DOBLÓ EL PERIÓDICO, MIENTRAS en su cara se esbozaba un gesto de malestar.
   _No es posible, no es posible _murmuró.
   Sabedora de los estados de ánimo de su joven esposo, María Eugenia le interrogó diligente:
   _ ¿Qué pasa, amor mío?
   _Ha muerto el poeta Cyril Marko en un accidente de aviación. Aunque personalmente apenas lo conocí, bien sabes cómo ha influido su poesía y su vida en mi obra. La última vez que lo vi fue cuando viajaba a Europa: parecía inquieto y me extrañó mucho que su esposa y las niñas no fueran a despedirlo.
   _ ¡Qué lamentable! _dijo María Eugenia despreocupada.
   Javier se limpió involuntariamente la húmeda frente. Se puso de pie y como un sonámbulo fue al lavabo. El agua sobre el rostro alivió en algo su angustia. Se acarició la cara delante del espejo. Había que afeitarse antes de hacer cualquier cosa. Después iría al trabajo. La compañía de sus amigos, y quizá unos tragos, le harían bien.
   Javier frecuentó los bares, durante meses, incapaz de ocuparse de nada. Al comienzo le brindaron una atención entusiasta: entre prosaico y lírico, relataba los infortunados azares de su maestro muerto. Pero la atención de los otros tocó sus límites, y a poco Javier advirtió un ir y venir silencioso, y cierto día la deserción total de sus oyentes.
   Para escapar de aquel estado _y aconsejado por uno de sus amigos, que como todos se aburría escuchando a diario el tema obsesivo_  decidió escribir la biografía del maestro.
   María Eugenia asistía con alarma a esta etapa febril de su esposo, confinado en la luminosidad gris y apagada de su escritorio.  
   _Me parece que lo estoy perdiendo_  le confesó a una amiga.
   Entretanto, la exhumación de documentos, encuestas, entrevistas, cartas, colmaban el tiempo de Javier, al paso que le revelaban coincidencias extrañas: nacidos el mismo día, aunque con quince años de diferencia (según el horóscopo ambos estaban regidos por Capricornio), sus años de infancia, su temprano interés por la poesía, la edad en que publicaron su primer libro (a los diecinueve años), su inclinación por el alcohol, la fecha de matrimonio, el mismo número de hijas, establecían entre Javier y el poeta biografiado una coincidencia singular. Una colección de fotografías comprobó el sorprendente parecido físico entre ambos poetas. Desde luego, esto agudizó la pasión de Javier en su tarea. 

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domingo, 19 de febrero de 2012

ALEJO CARPENTIER: "Viaje a la Semilla"

copiado de ACANOMAS   http://www.acanomas.com


Alejo Carpentier 
"Viaje a la semilla" 
-¿Qué quieres, viejo?... 
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas. 


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lunes, 13 de febrero de 2012

"EL ECLIPSE": Cuento de Augusto Monterroso

copiado de CIVILIZACIONES INDÍGENAS  http://chuma.cas.usf.edu/


eclipse
Este breve cuento del guatemalteco Augusto Monterroso retrata, no sin toques de ironía, el sentido de superioridad -- a veces equivocada -- de los europeos.  Los pueblos autóctonos de América habían logrado muchos conocimientos científicos, sobre todo en el campo de astronomía.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-- Si me matáis --les dijo-- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

--Augusto Monterroso, Obras completas (y otros cuentos)

viernes, 21 de enero de 2011

"TE ESTOY MIRANDO", de Anuar Zúñiga Naime

copiado de http://eccehumo.blogspot.com



La mitad del rostro de mi madre está inmóvil como los azulejos.
Uno de sus ojos se llena de agua cuando nos ve llegar a mi hermano o a mí, el otro se pierde en el vacío.
El sol entra anaranjado por la ventana casi cada tarde y ella y yo sabemos que estamos viviendo los últimos días de algo que no va a repetirse nunca.
Sabemos que somos como una postal que empieza a envejecer justo al sacarla del sobre, pero ninguno dice nada. Dejamos que los minutos pasen y sentimos que algo se nos escapa pero guardamos silencio.
La piel de la mejilla se le escurre hacia abajo y la mitad de labio inferior le cuelga sobre la barbilla. Es como si de pronto yo me volviera adulto y ella pudiera verlo y eso la conmoviera.
Cuando se da cuenta de que la miro se cubre la boca con la mano y finge bostezar.
Después de un rato le ayudo a ponerse las gotas en el ojo inmóvil y vemos televisión hasta que se queda dormida.

miércoles, 18 de agosto de 2010

CARLOS VILLAGRA MARSAL: Poemas

copiado de LA JIRIBILLA  revista cubana de cultura  http://www.lajiribilla.cu

Carlos Villagra Marsal

Asunción, Paraguay, 1932

 

Presente

     Entre el árbol y el agua que extermina,
junto a su tronco resonante y duro
se ahoga el mundo y renazco ante la espina.
     Contra un rasgueo triste, vago, oscuro
bastimento del pecho en correntada,
una creciente de contorno puro.
    Tornan a su lugar los rostros. Nada.
Horizontal y lentamente asida
boya la voz en una remansada.
    A la orilla. Detrás, mengua la herida,
envejecen el yugo y la coyunda,
la médula en cenizas nos olvida.
     Mas surge una guarania y me circunda
los huesos y el rezumo de mi nombre,
favorece mi sangre más profunda
      y me declara que el dolor y el hombre
se hospedan dentro de su mismo canto
y aunque recuerde el grito, aunque me asombre,
       trajinan solos, cierran mi quebranto
y al tocar su horizonte descoyuntan
estrellas sobre el filo de mi llanto.
      Al ser así, los huesos me repuntan
hacia un paraje antiguo de agonía
y por el centro, ahí donde se ayuntan
      guitarras de vigilia y travesía
y el pulso grave, ciegamente fuerte,
de un jazmín al parral del mediodía,
     sin adiós ni temblor, azul de suerte,
por turbios tajamares jalonado,
es sutil el pregusto de mi muerte.
     Y en silencio auxiliar, arrebatado,
principio pues y sigo, alfar del hueco,
del molde de mi cuerpo desatado,
    con sed desierta y despertar reseco,
con palabras de olor caliente, pleno
en la curva nocturna, eco tras eco
    de mi valle frutal cierto y moreno
en las cumbres del sueño, ya con rojos
machetes como nervios, al sereno,
    termino acá, con un farol por ojos,
y arribeño del alba, rabelero,
aún con puños, con últimos despojos,
    en diagonal perdida de lucero
entrego para el viento del poniente
esta picada abierta a sol entero
desde mi propia tierra hasta mi frente.

Lea todos los poemas:

martes, 17 de agosto de 2010

AUGUSTO ROA BASTOS: Cuento, "El trueno Entre las Hojas"

copiado de LA JIRIBILLA  http://www.lajiribilla.cu




El trueno entre las hojas




Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay, 13 de junio de 1917 - 26 de abril de 2005)








El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en la que el silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.
En eso surgió de las barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua, deshilachada. Se interrumpía y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo de la caja acústica del río. Sonaba nostálgica y fantasmal.
-¿Y eso qué es? -preguntó un forastero.
-El acordión de Solano -informó un viejo.
-¿Quién?
-Solano Rojas, el pasero ciego.
-Pero, ¿no dicen que murió?
-Él sí. Pero el que toca agora e' su la'sánima.
-¡Aicheyarangá, Solano! -murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo lejos, como si ladrara bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en los regazos de sus madres, junto al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear asustado, quedamente.
-Callate, m'hijo. Escuchá a Solano. E'tá solito en el Paso.
El contrapunto de un guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte, volvió aún más fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento distante y enlutado.
-Así suena cuando no hay luna -dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón en el que se quemaba un poco de noche.
-La debe andar buscando todavía.
-¡Pobre Solano!


Lea el cuento completo:

miércoles, 10 de marzo de 2010

JUAN CARLOS ONETTI: "Los Adioses"



copiado de BIBLIOTECA DESCONTEXTO  http://bibliotecadescontexto.blogspot.com/
Los adioses

por Juan Carlos Onetti







a Idea Vilariño






Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara —sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años— hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.

En general, me basta verlos y no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis profecías antes de enterarme de la opinión de Castro o de Gunz, los médicos que viven en el pueblo, sin otro dato, sin necesitar nada más que verlos llegar al almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y de reto.

El enfermero sabe que no me equivoco; cuando viene a comer o a jugar a los naipes me hace siempre preguntas sobre las caras nuevas, se burla conmigo de Castro y de Gunz. Tal vez sólo me adule, tal vez me respete porque hace quince años que vivo aquí y doce que me arreglo con tres cuartos de pulmón; no puedo decir por qué acierto, pero sé que no es por eso. Los miro, nada más a veces los escucho; el enfermero no lo entendería, quizás yo tampoco lo entienda del todo: adivino qué importancia tiene lo que dijeron, qué importancia tiene lo que vinieron a buscar, y comparo una con otra.

Cuando éste llegó en el ómnibus de la ciudad, el enfermero estaba comiendo en una mesa junto a la reja de la ventana; sentí que me buscaba con los ojos para descubrir mi diagnóstico. El hombre entró con una valija y un impermeable; alto, los hombros anchos y encogidos, saludando sin sonreír porque su sonrisa no iba a ser creída y se había hecho inútil o contraproducente desde mucho tiempo atrás, desde años antes de estar enfermo. Lo volví a mirar mientras tomaba la cerveza, vuelto hacia el camino y la sierra; y observé sus manos cuando manejó los billetes en el mostrador, debajo de mi cara. Pero no pagó al irse, sino que se interrumpió y vino desde el rincón, lento, enemigo sin orgullo de la piedad, incrédulo, para pagarme y guardar sus billetes con aquellos dedos jóvenes envarados por la imposibilidad de sujetar las cosas. Volvió a la cerveza y a la calculada posición dirigida hacia el camino, para no ver nada, no queriendo otra cosa que no estar con nosotros, como si los hombres en mangas de camisa, casi inmóviles en la penumbra del declinante día de primavera, constituyéramos un símbolo más claro, menos eludible que la sierra que empezaba a mezclarse con el color del cielo.

—Incrédulo —le hubiera dicho al enfermero si el enfermero fuera capaz de comprender—.

Incrédulo —me estuve repitiendo aquella noche, a solas. Esto es; exactamente incrédulo, de una incredulidad que ha ido segregando él mismo, por la atroz resolución de no mentirse. Y dentro de la incredulidad, una desesperación contenida sin esfuerzo, limitada, espontáneamente, con pureza, a la causa que la hizo nacer y la alimenta, una desesperación a la que está ya acostumbrado, que conoce de memoria. No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse.

Tendría cerca de cuarenta años, y sus gestos, algunos abandonos que delataban la inmadurez. Cuando salió para tomar el ómnibus, el enfermero dejó de mirarme, alzó el vaso de vino y se volvió hacia la ventana.

—¿Y éste? ¿Se vuelve caminando o con las patas para adelante? Si está enfermo y va al hotel, lo atenderá Gunz. Tengo que preguntarle.

Lo decía en broma o tal vez pensara asegurarse las posibles inyecciones. Me hubiera gustado sentarme a tomar vino con él y decirle algo de lo que había visto y adivinado. Tenía tiempo: el ómnibus no había traído ningún pasajero y era la hora en que comenzaban a proyectar las comidas en las casitas de la sierra. Deseaba conversar y el enfermero me estaba invitando, sonriendo sobre el vaso y el plato. Pero no salí de atrás del mostrador; me puse a quitar polvo de unas latas y apenas hablé.

—Sí, está picado, no hay duda. Pero no es muy grave, no está perdido. Y, sin embargo, no se va a curar.
—¿Por qué no se va a curar si puede? ¿Porque Gunz lo va a matar?

Yo también me reí; hubiera sido sencillo decirle que no se iba a curar porque no le importaba curarse; el enfermero y yo habíamos conocido mucha gente así.

Alcé los hombros y continué con las latas.

—Digo —dije.

Después empecé a verlo desde el hotel en ómnibus y esperar frente al almacén el otro, el que iba hasta la ciudad; casi nunca entraba, seguía vestido con las ropas que se trajo, siempre con corbata y sombrero, distinto, inconfundible, sin bombachas, sin alpargatas, sin las camisas y los pañuelos de colores que usaban los demás. Llegaba después del almuerzo, con el traje que usaba en la capital, empecinado, manteniendo su aire de soledad, ignorando los remolinos de tierra, el calor y el frío, despreocupado del bienestar de su cuerpo: defendiéndose con las ropas, el sombrero y los polvorientos zapatos de la aceptación de estar enfermo y separado.

Supe por el enfermero que iba a la ciudad para despachar dos cartas los días que había tren para la capital, y del correo iba a sentarse en la ventana de un café, frente a la catedral, allí tomaba su cerveza. Yo lo imaginaba, solitario y perezoso, mirando la iglesia como miraba la sierra desde el almacén, sin aceptarles un significado, casi para eliminarlos, empeñado en deformar piedras y columnas, la escalinata oscurecida. Aplicado con una dulce y vieja tenacidad a persuadir y sobornar lo que estaba mirando, para que todo interpretara el sentido de la leve desesperación que me había mostrado en el almacén, el desconsuelo que exhibía sin saberlo o sin posibilidad de disimulo en caso de haberlo sabido.

Hacía el viaje de cerca de una hora a la ciudad para no despachar sus cartas en el almacén, que también es estafeta de correos; y lo hacía por culpa o mérito de la misma yerta, obsesionada voluntad de no admitir, por fidelidad al juego candoroso de no estar aquí sino allá, el juego cuyas reglas establecen que los efectos son infinitamente más importantes que las causas y que éstas pueden ser sustituidas, perfeccionadas, olvidadas.

No estaba en el hotel, no vivía en el pueblo. Gunz no le había aconsejado irse al sanatorio; todo esto podía borrarse siempre que no entrara en el almacén para despachar sus cartas, siempre que las deslizara contra la plancha de goma de la ventanilla del correo de la ciudad. La interrupción quedaba anulada si en lugar de entregarme sus cartas como todos los que vivían en el pueblo, presenciaba la caída del sello fechador, manejado por una mano monótona y anónima que se disolvía en la bocamanga abotonada de un guardapolvo, una mano variable que no correspondía a ninguna cara, a ningún par de ojos que insinuaran hacerse cargo y deducir. El presente podía eludirse si veía el sello golpeando los sobres, imprimiendo en ellos, junto a las dos o tres palabras de un nombre, el de una capital de provincia, el de una ciudad que puede visitarse por negocios.

Pero, algunas veces, al regresar de la ciudad entraba en el almacén para tomar otra cerveza. Esto sucedía las tardes de fracaso, cuando el nombre de mujer que él había dibujado en el sobre se hacía incomprensible, de pronto, en el segundo definitivo en que el sello se alzaba y caía con ruido de blandura y resorte. Entonces el nombre no designaba a nadie y lo enfrentaba, arrevesado y maligno desde la plancha de goma, para insinuarle que tal vez fueran verdad la separación y las líneas de fiebre.

Lo veía llenar el vaso y vaciarlo en silencio, dándome el perfil, acodado en el mostrador, combatiendo la idea de que ni siquiera los pasados pueden conservarse inmutables, que las orejas más torpes tienen que escuchar el rumor de la arenilla que los pasados escarban para descender, alejarse, cambiar, seguir vivos. Se marchaba antes de emborracharse y caminaba hacia el hotel.

Pero las cartas que le mandaban desde la capital las recibía yo en el almacén y se las enviaba con el muchacho de los Levy, que hacía de cartero aunque no cobraba sueldo del correo sino algunos pesos que le pagábamos el hotel, el sanatorio y yo. Tal vez el hombre me creyera lo bastante interesado en personas y situaciones como para despegar los sobres y curiosear en las maneras diversas que tiene la gente para no acertar al decir las mismas cosas. Tal vez también por esto iba a despachar sus cartas en la ciudad, y tal vez no fuera sólo por impaciencia que a las pocas semanas empezó a venir al almacén alrededor del mediodía, poco después del momento en que el chófer del ómnibus me tiraba la bolsa flaca y arrugada de la correspondencia.

Tuvo que presentarse, prefirió salir del rincón de los salames y el almanaque y obligarme a conversar, sin intentar convencerme, sin esconder su desinterés por las variantes ortográficas de los apellidos patricios, mostrando cortésmente que lo único que buscaba era hacerme recordar su nombre para evitar preguntarme, cada vez, si había llegado carta para él.

Recibía, al principio, cuatro o cinco por semana; pero pude, muy pronto, eliminar los sobres que traían cartas de amistad o de negocios e interesarme sólo por los que llegaban regularmente escritos por las mismas manos. Eran dos tipos de sobres, unos con tinta azul, otros a máquina; él trataba de individualizarlos con un vistazo estricto y veloz, antes de guardarlos en el bolsillo, antes de volver al rincón de penumbra, recuperar el perfil contra la lámina folklórica, borrosa de moscas y humo del almanaque, y seguir tragando su cerveza exactamente con la misma calma de los días en que le daba cartas.

El doctor Gunz le había prohibido las caminatas; pero solamente usaba el ómnibus para volver al hotel cuando llevaba en el bolsillo uno de los sobres escritos a máquina. Y no por la urgencia de leer la carta, sino por la necesidad de encerrarse en su habitación, tirado en la cama con los ojos enceguecidos en el techo, o yendo y viniendo de la ventana a la puerta, a solas con su vehemencia, con su obsesión, con su miedo a la esperanza, con la carta aún en el bolsillo o con la carta apretada con otra mano o con la carta sobre el secante verde de la mesa, junto a los tres libros y el botellón de agua nunca usado.


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