Las bacantes de Eurípides
He venido, hijo de Jove, a esta tierra de Tebas,
Dioniso, que alumbré una vez a la hija de Cadmo,
Semele, fecundada por el fuego de la tempestad.
Y tomando figura mortal, al sitio del dios,
aquí estoy, en el bosque de Dirce, al pie del Ismeno.
El sepulcro de la madre veo, de aquella que fue en el fulgor,
allá, junto a las casas y las ruinas de las salas
humeantes, donde ahora vive la flama del fuego divino,
la eterna violencia de Hera contra mi madre.
Alabo al sagrado Cadmo, que aquí en el campo
lloró a la hija el árbol del higo. Lo he circundado
con el aroma de la uva y el verde de las vides,
y de lejos, de la tierra colmada de oro de los lidas,
de los frigios y los persas, golpeada por la luz,
en el muro de la Bactriana, a través del campo tempestuoso
de los medos, a través de los dichosos árabes,
y vagando por la eterna Asia, que yace junto a las aguas
saladas, para unos y otros, griegos y bárbaros
entre ellos confundidos, roca de ciudades con bellas torres,
así llegué aquí en una ciudad griega por vez primera
para conducir mi coro e instruir mis misterios,
pues sólo a los hombres como espíritu visible soy.
Por primera vez en Tebas, aquí en Grecia,
he elevado mi grito, tensando la piel de los ciervos
Como cuando el campesino el campo en fiesta1
Como cuando el campesino el campo en fiestasale a ver al atardecer, cuandodel caluroso aire caen refrescando rayostodo el día, y aún lejano reverbera el trueno,y de nuevo en su ribera el arroyo se hunde,pero más fresco verdea el prado y el granose aproxima, restaurado por la lluvia del cieloy brillan bajo el quieto sol los árboles del bosque,
así, ahora bajo un cielo favorable estánlos poetas. Que ningún maestro solo, lamaravillosa, omnipresente, educa, (salvo) con ligeroabrazo, la potente, hermosa y divina naturaleza.Por esto, cuando parecen dormir en épocasdel año, en el cielo o entre las hierbas o entre lospueblos, también el rostro de los poetas está de luto, y parecen solos.
Y como el ojo del héroe anunciando victoria,2 de los poderosos
el pensamiento es inflamado, así ahora se enciende
en los actos vitales un ascua en el alma de los poetas
y lo que primero sucede apenas advertido por nosotros, durmientes,
lo que ahora sucede diariamente, en divino significar
es manifiesto y un nuevo sol brilla sobre nosotros,distinta florece la primavera, con el rumor del bosque,movido por el hálito divino,así el estrépito del día vibrando nos rodea,y amorosamente el sueño de la noche tan sólo entonces ve
Y cantaremos
y cuando el recuerdo de un mundo en nosotrosresonase, ¿deberá sonar como si el dedode un niño intencionalmentela cítara del maestro tocase? Oh, no gastéissu cítara ni os burléisasí del maestro, pues cuando su espíritu,y así vibramos,
¡él así no escucha! Perootros escucharán el canto, que similara la vid surgió de la tierra y de sus llamasy del sol en el cieloy de las tormentas, que en el aire ylleno de misterios se prepara, vagandoentre cielo y tierra, entre los pueblos,pensamiento es del espíritu divinoterminando quietamente en el alma del poeta,a la entonces conocida, desde siempre reposaen conocida eternidad, de lejanos recuerdostiembla el alma en su profundidad,y el alma, inflamada por lo divino,fruto del amor nacido,es obra del cielo y del hombreque el canto libera, dando fe de ambos.
Así acertóy ahora todos beben sin peligro del divino fuegopero a nosotros, poetas, nos correspondepermanecer con la testa descubierta bajolas tormentas del Dios, y losrayos del padre, ellos también, también ellos,empuñar, y envueltos, y atemperadosen el canto de los hombres que amamos, al divinodon llegar. Y si puros nuestros corazones,si inocentes serán, como niños, y puras de impiedadnuestras manos, entonces no matarán, no destruirán lo sagrado,y agitado en lo hondo permanece del íntimo corazón, pero firme,participando de las penas de la vida, de la divinacólera de la naturaleza y sus delicias, que el pensamientono conoce. Pero3 si por otraflecha una herida autoinflingida me sangra el corazón,y perdida en el hondo la paz, y el libre modesto apagarse,y la quietud, y la ausencia me conducen a laopulencia de la mesa divina, cuando en torno a mí
(...)4
y dije, seré llevado a mirara los Celestes, ellos mismos me llevanal hondo abismo entre los vivientes todos,el falso sacerdote, que yo, por las nochesel temeroso canto adviertecantos a los inexpertos.
En el amable azul
En el amable azul florece con el metálico techo el campanil. Lo circundan los chillidos de golondrinas en vuelo, lo envuelve el más conmovedor azul. El sol lo domina e ilumina las láminas, pero en lo alto la bandera quieta canta en el viento. Y si alguno desciende esas escalinatas bajo la campana, hay una vida en la quietud, pues cuando la figura está tan aislada, entonces la ductilidad del hombre emerge. Las ventanas desde donde resuenan las campanas son como puertas ante el umbral de la belleza. Es decir, puesto que las puertas son ahora como la naturaleza, semejan los árboles del bosque. Pero pureza es también belleza. Un grave espíritu surge al interior de lo diverso. Y tan simple sean las imágenes, sagradas son también, que uno teme describirlas. Los Celestes, empero, siempre benignos, tienen todo a la vez como quien es rico, virtud y felicidad. Es válido que el hombre los imite. ¿Es lícito, si la vida es puro cansancio, que un hombre se asome a mirar y diga: así quiero ser también? Sí. Hasta que la gentileza, pura, se conserve en su corazón, el hombre no se mide infelizmente con la divinidad. ¿Es desconocido Dios? ¿Es manifiesto como el cielo? Esto creo, más bien. Del hombre es la medida. Colmado de méritos, pero poéticamente, reside el hombre sobre esta tierra. Pero la sombra de la noche con las estrellas no es más pura, si me es dado decirlo, que el hombre, que imagen de la divinidad es llamado.
Versiones de José Manuel Recillas |