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26 de abril de 2012
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Askildsen Kjell,
Narrativa
El invierno soltó sus garras a principios de marzo. Llegó un viento
templado, casi cálido, del sudeste y la nieve, que reposaba en una capa muy
gruesa desde antes de Navidad, se desplomó y derritió.
Un viernes por la tarde, tres días después del cambio de tiempo, Jakob
E. agarró una pala de nieve del garaje y fue hacia la parte posterior de la casa.
Se puso a quitar la nieve de la trampilla del sótano. Las últimas dos o tres veces
que había bajado allí, había notado un vago aunque desagradable olor, cuyo
origen no era capaz de explicarse. Ahora tenía la intención de abrir la trampilla
y la puerta del sótano y ventilarlo todo bien tras el invierno.
Cuando al cabo de un rato dejó la pala y abrió la trampilla, se topó a la
vez con la visión y el olor. Dio un grito, soltó el asa, y la trampilla volvió a caer
en su sitio con un gran estruendo. Gritó otra vez, se estremeció y dio unos
rápidos pasos hacia atrás, como si alguien lo estuviera persiguiendo.
Poco a poco fue disminuyendo el pánico y pensó: Eso es imposible. Clavó
la mirada en la trampilla del sótano y siguió pensando: Eso es imposible. Un
perro muerto, es imposible.
Pero allí estaba el pestilente y descompuesto cuerpo de un gran perro
de pelo negro. Tendría que hacer algo con él, pero no sabía qué.
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