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viernes, 12 de marzo de 2010

LOS CUENTOS DE NOTICIAS LITERARIAS .COM. Varios autores

copiado de NOTICIAS LITERARIAS   http://www.noticiasliterarias.com



   

sábado, 26 de diciembre de 2009

MIKEAS SÁNCHEZ GÓMEZ: "A Veces Uno Se Muere", Relato Zoque. Literatura Indígena de México


copiado de OJARASCA, suplemento de LA JORNADA  www.jornada.unam.mx

NUEVA FICCIÓN ZOQUE

A veces uno se muere

Wenen’omo tuka’ba


Mikeas Sánchez Gómez

¿Volverían a cantar las calandrias después de la muerte de mi padre? ¿Disfrutar yo de esa música sin recordar el dolor que ahora tengo? ¿Cómo cantar alegremente teniendo tanto odio en la lengua? Mi madre nunca me quiso y tampoco me quisieron mis hermanos. Ella me aborrecía y me lo gritaba a todas horas; desde la madrugada en que acomodaba el molino para moler el maíz, cuando preparaba el atole y las tortillas o cuando iba con mi cántaro a traer agua de Sojkuy’nü. Es cierto que me odiaba, pero yo la odiaba más por haberme dejado sin padre.
Él dormía. Soñaba otra vida. Un sueño donde hombres, pájaros y plantas conversaban con la tierra. Era el Katsüjk, morada de los cuidadores de los cerros y la Piogba’chuwe, la cárcel de los ambiciosos e infieles, el lugar donde se pagan las deudas. Y ¿por qué soñaba él con esas cosas? ¿Era aquello un sueño de presagios, una advertencia o una ironía de los cuidadores de los cerros? Dormir está bien. Dormir para mantener en descanso el alma, pero hubiese sido mejor estar despierto, quizá debió defenderse...

A veces uno se muere. La muerte llega de repente, cuando menos se espera. El día menos pensado amaneces muerto en tu cama, entonces despiertas en otro lugar, en una casa que ya no se parece a la tuya.

Debí cerrar sus ojos después de haberse ido, pero no me atreví a hacerlo. Es mi culpa que te hayas muerto con los ojos abiertos. Será mi culpa que alguien más muera pronto. Cuando llegaron las mujeres de Ju mü tus ojos ya estaban tiesos y nadie pudo cerrártelos. Yo tuve razones para no tocar tu cuerpo. Sólo tienen derecho a eso los hijos amados, por eso no ayudé a las mujeres a bañarte. Ellas hicieron lo necesario para tu mortaja: perfumaron tu piel con agua de gardenias, te vistieron con tu mejor enagua, con la blusa más florida, también tuvieron que vendar tus ojos con un pañuelo, para que la gente del velorio no se asustara al ver tus pupilas negras. ¿Recuerdas, madre, que también Facundo se fue de la casa, que hastiado del trabajo en el campo decidió probar suerte en la ciudad? Y se fue para no volver, lo mismo que Alquilino. Era de esperar. No eran buenos muchachos, aunque nunca dejaron de ser tus consentidos. Todos en el velorio sabían que jamás me quisiste. Sólo a tus hijos varones. Yo nací niña, por eso me negaste, por eso me tuviste rabia. Has de seguir maldiciéndome donde sea que tu espíritu se halle. Lo bueno es que ya no te escucho.

—La soledad es un perro rabioso—dijo Zenaida, mi madre, cuando comenzó a sentirse sola.
Primero se casó Alquilino, el mayor de sus hijos. Se mudaron a Tüp’mü, tierras donde se cosecha plátano y cacao. Zenaida no volvió a saber de él. Fue aquella la primera ocasión en que conoció la tristeza, el verdadero dolor que le llenaba los pulmones y le impedía conversar con la gente. Solo monologaba con su esposo muerto. Es posible que se estuviera volviendo loca, hasta Facundo sentía miedo al escucharla, porque solo hablaba de cosas que nadie más veía.

El día del entierro de mi padre llovió mucho. Él debió ofender a los cuidadores de la lluvia, por eso se desquitaron en su entierro. Ahora no llueve, madre. El cielo es azul como a ti te gustaba. Perdóname por no cantarte mientras llegas al cementerio. No sé cantar, sólo sé imitar a las calandrias. Perdóname por haber aprendido. Sé que un día me apestará la boca por imitarlas, pero será mi culpa por no haberte obedecido cuando ordenabas que me callara. ¡El cielo está hermoso, madre! Te llevo flores amarillas, flores de cempasúchil para tu tumba. Mis hermanos no llevan flores, ellos te llevan a ti. Alquilino y Facundo lloran tu muerte, les ha de pesar más la conciencia que el ataúd.

La última vez que vi a mi padre yo tenía ocho años. Era un hombre bondadoso. Me enseñó a cuidar las flores. Él no me regañaba por oler tulipanes. Ella se enojaba si me veía oliéndolas, decía que me saldrían granos dentro de la nariz. Creo que mi padre me quería un poco, ningún otro hombre me ha querido como él.

Él también estuvo en un ataúd gris. ¿Recuerdas, madre, que no parecía muerto? En Ju’mü piensan que los muertos regresan a asustar a los vivos. No tengo miedo de eso. Los muertos ya no lastiman. ¿Te acuerdas, madre, que un cobertor verde cubría su cuerpo? De veras que no parecía muerto, por eso no te acercaste a mirarlo; parecía un santo a punto de abrir los ojos, a punto de despertar de ese sueño.

No llueve ahora, padre, en cambio sí el día de tu muerte. Canturreaban quedito los grillos. Sólo los búhos cantaban recio, invadían descaradamente tu sueño. Quizá fue en la primera puñalada o tal vez en la última que comprendiste tu sueño. Eso ya no importaba, porque de todos modos ya estabas muerto.

Y tú, madre, no me quisiste. Es cierto que nunca me quisiste, pero algún día tenía que cobrármelo. Alquilino no estaba muerto. Yo te dije que lo habían matado cuando anduvo de revoltoso con los encapuchados. Por eso te pusiste enferma. En Jü’mü dicen que te moriste de enfermedad, pero yo sé que te moriste de tristeza.

¿Se murió de tristeza? La recuerdo acostada en su hamaca escuchando la lluvia de agosto. Se pasaba horas y horas mirando hacia la puerta, pensaba que en el momento menos esperado aparecerían sus hijos, aunque ellos no volvieron. Entonces ya no quiso comer nada y se puso muy flaca. Tenía el estómago lleno de amarguras y también de remordimientos. Dicen en este pueblo que en noviembre llegan las ánimas. Yo no lo creo. Ella platicaba con mi padre en tiempos de calor y en tiempos de frío. Una tarde la escuché pidiéndole perdón. Creo que en el fondo no era tan mala o tal vez tenía miedo de pagarla.

Ulularon los búhos la noche que murió mi padre. No era en balde el nombre de este pueblo. No llovía. Era el viento el que contoneaba las copas de los árboles. El mismo viento frío que trajo la lluvia del día siguiente. Una lluvia tan potente como no se había visto en Jü’mü. Él dormía, no se esperaba la muerte de esa manera. Ella lo preparó todo: los perros amarrados en el patio trasero, la puerta entreabierta, el candil encendido para que el asesino no tropezara.

Ahora también estamos aquí reunidos y lloramos por la muerta. Facundo y Alquilino me acompañan en el entierro, llevan el ataúd gris entre sus hombros. Ellos se quedarán a las novenas, coo­perarán para la comida de los nueve días, juntos rezaremos alrededor de las velas, sentiremos de nuevo ese olor a muerta. Nueve días quemaremos estoraque, pero pasados esos días habrá que llevar la cruz y su sombra al cementerio para que descanse en paz. Llegará el día en que nos sentemos alrededor del fogón, entonces beberemos café de maíz quemado en memoria de la ausente, podremos sonreír tranquilos porque ya nunca más estará entre nosotros.

Mikeas Sánchez, escritora y poeta en lengua zoque, originaria de Chapultenango, Chiapas. Los lectores de Ojarasca  conocieron su poesía en el número128, diciembre 2007.

Rubén, Cuidad Juarez, Chihuhua. Foto: Byron Brauchli

jueves, 23 de julio de 2009

EL LUGAR MÁS AUSTRAL DE LA PATAGONIA: Relato de Antonio Cruz Coutiño




El lugar más austral
de la Patagonia

Antonio Cruz Coutiño

Para mi Venadolindo

¡Qué cosa más desagradable es no saber dónde estamos o qué diablos hacer ante la incertidumbre! Si vamos, venimos o buscamos a alguien que nos quita el sueño. ¿Me tendrán secuestrado? ¿Me perseguirá la policía? ¿Será que nos hayamos a la mitad de un viaje? Así te sentías a bordo de aquel vehículo gris brillante, casi plateado. Inseguro, insomne, descompensado y a punto de la paranoia al no saber a dónde ir, a dónde llegar, qué hacer, con quién estar… Era inmensa la ciudad o eso que recordabas como semejante al ambiente urbano: calles, bulevares e inmensas carreteras suspendidas, de doble y tercer piso; vialidades aparejadas, desniveles y columpios enormes, avenidas que se bifurcaban para juntarse después y ¡puentes! Puentes gigantescos iluminados surgían incesantemente como en una sucesión interminable de espectros. Torrentes de artefactos que de pronto, aunque en un nivel diferente al que te encontrabas, aparecían sobre tu cabeza, frente a la nave, a dos metros de la defensa y muy cerca del parabrisas.

Al borde de la calzada, una serie de atracaderos semejando pequeñas radas, le quitaban un poco de rutina a la monótona continuidad del paisaje. Y ante esto y la pesadumbre de tus ojos, alcanzaste a ver a lo lejos, manchas formadas por diminutos edificios anaranjados, encendidos, refractantes; algunos triangulares, otros ovalados, circulares. Las construcciones más cercanas que aparentaban ser palacios subterráneos invertidos, vueltos al revés, los observabas aplastados y elípticos. Grandes parecían otros e incluso gigantescos e inmensurables eran aquellos que en el fondo, atravesaban el primer horizonte. Luego de las nubes, varios continuaban a lo lejos, erguidos hacia el cielo.

Las vialidades se extendían incluso hacia los diversos rincones de ese continuum urbano por entre luces y sombras, estrellas y dunas cósmicas. No había humo. De la superficie no se levantaban estratos de vaho, contaminación o niebla, aunque el segundo horizonte era apreciado por tus ojos como grisáceo, denso, apagado. Con nubes obscuras a veces ligeramente atornasoladas, aunque tristes, dormidas, pesadas, muertas… Veías interminables las luminarias suspendidas en el vacío, sobre la vialidad que intuías te conduciría al destino que aún no lograbas desentrañar. Sobre la vía, y sin separarte del volante, veías con el rabillo del ojo izquierdo algo que asemejaba árboles, palmeras, objetos que no encajaban en la armonía de esa luz: plata intensa mezclada con formas geométricas que nunca antes habías imaginado. Mientras tanto, librabas una especie de contienda en la que cientos, tal vez miles de vehículos pretendían transitar por la macrovía que habías elegido.

Llevabas horas en ese interminable camino de desasosiego. Y aunque el combustible de los depósitos de la nave se iba agotando, cada vez sentías mayor placer al transitar por él. Aunque —cierto— no sabías bien a bien qué te ocurría. Por eso restregabas tus ojos con los nudillos. Querías sentir calor o frío; sed, hambre o dilatado el vientre para tener el pretexto de intentar al menos, el descenso de aquel vehículo extraño y orinar afuera. Pero todo era imposible. Te sentías a gusto, colmado, sin necesidad alguna. Aunque en ese estado de plenitud no podrías detenerte nunca.

La marcha estridente y el tráfico interminable de aquellos aparatos te perseguían. Por ello tu pensamiento bregaba para ubicarse en el regreso; al punto de partida. Aunque en una fracción de segundo como en un chispazo multicolor que te deslumbra tuviste conciencia del origen de tu viaje, muy pronto esa imagen se desdibujó desapareciendo, al tiempo que forcejeabas para salir del caos extático en que te encontrabas. O regresar al punto inicial de la partida. Bien se veía que intentabas parar, detener la nave con las palancas, los interruptores, llaves y dispositivos; frenar al menos y dar marcha atrás, aunque todo, evidentemente, era imposible.

Al final, cuando tus manos y pies sintieron frío, dio un vuelco tu corazón, zumbaron tus oídos. Los arneses del vehículo de pronto te suspendieron de cabeza y toda la nave dio vuelta sobre sí misma, hacia arriba, como si fuese un juego mecánico de feria. Absurdo, sí, pero hacia arriba, de modo vertical y luego circularmente. Sin duda, habías reiniciado el viaje, aunque ahora observabas todo hacia atrás, en sentido inverso. Igual a que si fuese posible desandar el camino y regresar el tiempo a sus registros originales.

Recordaste limpiamente cómo antes de virar, tu memoria se llenó de las imágenes que habías captado en el transcurso del camino: la vialidad que recordabas, la única densidad de vehículos, luces y colores que conocías. Fue entonces cuando dijiste para tus adentros que si era posible regresar por la misma vía… volver por la senda de ese tiempo, entonces podrías ubicarte al inicio de la jornada. Podrías descubrir el origen de este viaje, la partida; recordar el principio, el objetivo, el tiempo que transcurrió para modificarse la naturaleza de esta parte del mundo, pero sobre todo, saber quién te enviaba.

—¿Por qué a mí y de este modo? ¿Quién diablos ordenó todo esto? ¿Qué razones le obligaron a enviarme hasta aquí?

Pero el camino de vuelta continuó. El vehículo te conduciría hasta el sitio más cercano del cual habrías partido. Sin precisar un lugar, siempre llegarías a tiempo. El paisaje era el mismo, las luces y las sombras inmóviles. Como continuas, pétreas, inmodificables. No parecía haber ayer y hoy, ni antes ni después. Los soles que apenas atravesaban el segundo horizonte se confundían con las argénteas luminarias artificiales de la carretera. Sentiste cansancio, tus bíceps se relajaron, hormigueaban tus brazos liberados, los dedos de tus manos nuevamente sufrieron frío y tus párpados los sentiste tensos, adoloridos. Iban cerrados, tiesos, como si tus pestañas se hubiesen cristalizado y fueran a desmoronarse.

Voces celestes, platillos sonoros, salterios y pianolas, gongs estruendosos y graves. Todo eso había en el cosmos. Guitarras que sonaban entre metálicas y cortantes, estalagmitas suavemente rozadas por los murciélagos obscuros. Sonido de autos, motores, helicópteros y aviones, llanto y carcajadas… Eso escuchabas a lo lejos y te apoltronabas buscando el mejor sitio. Te enroscabas cual feto en el vientre de su madre y aquel sonido te envolvía. De pronto y sin saber en qué momento el combustible del vehículo se había agotado, quiénes te habían detenido, porqué sentías que la humedad y el fresco del lugar te eran familiares, o si habías intentado escapar por alguna bifurcación o extravío del camino, escuchaste perfectamente el silbido del viento sobre las hojas. Aquel sonido festivo que creías haber olvidado para siempre. Sentiste de cerca el murmullo del bosque, la tibia evolución del agua por entre piedras y guijarros y el tintilineo de los pájaros de varias voces.

Alguien gritó tu nombre. Joseantoooniooo. O al menos eso te pareció oír en el fondo de aquel concierto, que por ratos arreciaba con lluvias, sonidos metálicos, granizadas, monedas estrepitosas y aguaceros. Otra vez escuchaste sonidos estruendosos de motores, llantas sobre el asfalto, pisadas, murmullo. Un escándalo. Probablemente naves chirriantes de las cuales descendían personajes extraños, provistos de vestiduras de plata, escafandras sin conexiones visibles, láseres en sus ropas y otros artificios en sus manos. Sentiste sin embargo, algo después, sus vibraciones aproximándose hacia ti…

Son las mismas placas de identificación oficiales.

Es el mismo color que nos reportaron.

Percibías diáfanamente las dos voces diferentes y hasta una adicional, gangosa, que remataba:

—¡Pues ha de estar muerto el cabrón!

Así escuchaste y eran voces cavernosas, distorsionadas por algún fenómeno acústico, desproporcionadas. Como cuando se oyen gemidos que vienen de adentro y hacemos oídos sordos a lo de afuera; así escuchaste atento, aunque inconsciente, aturdido. No sabías, como al principio, si ibas, venías, buscabas a un ser querido, estabas secuestrado, te perseguía la policía o te hallabas a la mitad de un viaje. Incluso te preguntaste con insistencia:

—¿Será verdad todo esto? Dios mío ¿dónde estoy? ¿Serán sueños o pesadillas? ¿No será el efecto de alguna toxina, algún aletargante?

No. Tú estabas ahí. Encerrado en esa nave, con los cristales abiertos y tus ojos desorbitados apuntando al cielo. Continuabas impertérrito, sudoroso, afiebrado, desnudas tus costillas, descubiertos tus brazos enlazados, tu respiración entrecortada. Sentías aquella dificultad que experimentabas cuando se hacía difícil sintonizar las estaciones de radio en onda corta, pero tu oído fue aguzándose hasta asustarte con aquellas palabras…

—¡Ah qué hijo de su mala madre!

Mira cómo se mueve. Está vivo…

—¡Bien que respira el bato!

Por poquito y nos toma el pelo ¿no?

¿verdad?

Qué joda nos ha pegado éste.

Eso decían quienes dos minutos antes se habían apeado de la patrulla brasileña guardabosques. Fue entonces cuando te incorporaste. Apenas algunos rasguños tenías en el rostro y las rodillas. Agradeciste la atención de los gendarmes de la basta administración selvática y te disculpaste con ellos por el accidente del que no tenías noticia. Les agradeciste su buen gesto al comprender el cansancio y la fiebre que invadía tu cuerpo. Les dijiste que ibas de paso, camino a la Patagonia.

Luego desenchufaste el amplificador, el ecualizador y la caja de los discos digitales… Era el viejo y clásico Pink Floyd el de las sinfonías eléctricas e hipnotizantes de finales del siglo pasado, a principios de los setenta y la última canción con la que despertaste, algo tenía que ver con brillantes locuras, máquinas tragahombres y diamantes perdidos.

En la carátula del disco apenas se leía «© 1975 Pink Floyd Music Limited. Manufactured by CBS Records. 51W52 Street, New York, U.S.A. Pink Floyd, Wish You Were Here». Corría el año 2098. Tú venías de Campeche, un lugar porteño del Golfo de México. Antes pernoctaste en San José, Bogotá y Manaos. Te habías salido de la autopista luego de un puente con ligeras averías. Por ello y sin ninguna razón aparente, permaneciste más de seis horas dentro de aquél antiquísimo Valiant color plata del año ochenta y ocho, bajo la sombra de una enorme ceiba, justo en el área donde un anuncio recién pintado prohibía estacionarse.

Dentro de la inmensa reserva de recursos, una especie de jardín botánico y zoológico en que se había convertido toda la Amazonia, reinaba la paz y el silencio sólo rasgado de repente por papagayos, chachalacas y saraguatos. Era cierto. Estabas en tránsito. Reordenaste las ideas en tu cabeza, de nuevo diste marcha al Valiant y dijiste adiós… Estabas a la mitad del camino a Santa Cruz, el lugar más austral de la Patagonia.


_____________________


Antonio Cruz Coutiño
originario de Chiapas (México), profesor de la UNACH-Facultad de Humanidades, sociólogo, maestro en Estudios Regionales y doctor en Humanidades por la Universidad de Salamanca (España), publica ensayos sobre historia y patrimonio cultural, es autor del suplemento cultural Crónicas de Frontera y son de su cosecha La Concordia en Los Cuxtepeques. Historia de mi pueblo y Miramar, Corazón de la Selva, y otros relatos.


Web del autor: http://cronicasdefronter.blogspot.com/




LITERATURA l PINTURA l FOTOGRAFÍA l REPORTAJES l RED SOCIAL

miércoles, 1 de abril de 2009

TENNESSEE WILLIAMS. "Algo de Tolstoi"


tomado de "La Máquina del Tiempo" www.lamaquinadeltiempo.com



Algo de Tolstoi


Por Tennessee Williams
La Noche de la Iguana y otros relatos
DeBolsillo, Argentina, 2007


Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.
En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.
En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.
El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica era gentil. Por eso era por lo que el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una gentil, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.
No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.
A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.
Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.
Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente a por su hijo, pero antes de que éste hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, yo fui espectador.
El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.
La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido a que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.
La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.
Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Ésta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.
Debería describir el modo en que ella le dejó.
Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.
Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.
Ella le dijo:
-Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.
El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.
Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.
-¿Te marchas? -preguntó sordamente.
Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.
-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.
Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior, nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.
Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.
Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:
-Tú me quieres... en algún momento volverás.
Viendo que no lo superaba, mandé a por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.
Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.
Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cenaban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño
Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado sólo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -Incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.
Casi quince años después de que su mujer se hubiera marchado, para irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para navidades, todavía pululaba por las aceras de la dudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.
La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.
Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él había sido demasiado fuerte para rehuirlo?
Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!

***

En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.
En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cenar la librería.
Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.
Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Sólo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.
Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.
Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de éstos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.
Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:
-Jacob.
Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.
Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?
Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.
Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:
-¿Quiere un libro?
Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.
-¿Quiere un libro? -repitió él.
Ella tartamudeó:
-No... bueno... quería un libro, pero he olvidado su título. Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente: -Soy Lila. He vuelto contigo.
Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido a por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.
Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:
-Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica era gentil. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo escaso para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiende? El chico era soñador, sentimental, un Judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que le iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo un éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.
La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.
Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.
-¿No recuerda... tiene que recordarla... la historia de Lila y Jacob?
Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.
-Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.
Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía de ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo, y todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños, si yo no hubiese visto, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.

Abril de 1936 Inédito anteriormente