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La realidad sensible siempre ha sido para mí una fuente de sorpresas.
También de evidencias. En un lejano artículo de 1940 aludí a la poesía
como el testimonio de los sentidos. Testimonio verídico: sus imágenes
son palpables, visibles y audibles. Cierto, la poesía esta hecha de
palabras enlazadas que despiden reflejos, visos y cambiantes: ¿lo que
nos enseña son realidades o espejismos? Rimbaud dijo: Et j'ai vu quelquefois ce que L'homme a cru voir. Fusión de ver y creer.
En la conjunción de estas dos palabras esta el secreto de la poesía y
el de sus testimonios: aquello que nos muestra el poema no lo vemos con
nuestros ojos de carne sino con los del espíritu. La poesía nos hace
tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un
paisaje devastado por el insomnio. El testimonio poético nos revela otro
mundo dentro de este mundo, el mundo otro que es este mundo. Los
sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la
imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible. ¿No es
esto, por lo demás, lo que ocurre en el sueno y en el encuentro erótico?
Lo mismo al sonar que en el acoplamiento, abrazamos fantasmas. Nuestra
pareja tiene cuerpo, rostro y nombre pero su realidad real, precisamente
en el momento más intenso del abrazo, se dispersa en una cascada de
sensaciones que, a su vez, se disipan. Hay una pregunta que se hacen
todos los enamorados y en ella se condensa el misterio erótico: ¿quien
eres? Pregunta sin respuesta... Los sentidos son y no son de este mundo.
Por ellos, la poesía traza un puente entre el ver y el creer. Por ese puente la imaginación cobra cuerpo y los cuerpos se vuelven imágenes.
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