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sábado, 8 de agosto de 2009

EMILIANO ZAPATA: Hace 130 años nació nuestro amado General Zapata, apóstol revolucionario

opinión tomada de LA JORNADA www.jornada.unam.mx


La extraña gesta de Zapata

Ilán Semo

Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879 en San Miguel Anenecuilco. Fue asesinado a traición a la breve edad de 39 años en 1919, nueve años después de que había encabezado la rebelión en Morelos en contra de Porfirio Díaz. Seguramente es un error creer que los astros o los números puedan regir la vida y la muerte de un ser humano, pero la marca del 9 en la de Zapata le añade un enigma más. Es una lástima que los viejos rituales de la evocación y la conmemoración hayan sido desplazados por el mercadeo que día tras día celebra cualquier cosa con tal de llenar las páginas de los diarios con ese género que hoy se podría llamar historia instantánea o historia desechable, cuya profundidad no es mayor que la de un boletín de la farándula. Porque la épica de Zapata, a 130 años de su nacimiento, merecería reflexiones más profundas y, sobre todo, más críticas que las que nos han deparado sus principales historiadores. Pero, finalmente, vivimos en una época que F. Hartog ha definido como la era de la celebración, en la que la rapidez con la que se olvida es sólo mayor a la futilidad con la que se celebra. Aunque habría que suponer o sospechar que en el caso de la mitología de Zapata este nuevo canibalismo mediático no pasara de un simple pie de página.

En principio, a los zapatistas de 1911 la celebridad les escatimó sus favores. Es probable que las batallas que libraron en Chinameca y Jojutla hayan sido tan decisivas como la que encabezaron Villa y Pascual Orozco en Ciudad Juárez para derrotar a Díaz, pero es obvio que el precario compromiso entre Madero y Zapata inicia la historia trágica de la Revolución.

A Madero, hacendado del norte, criollo, liberal, tan sólo la idea de expropiar tierras y entregárselas a las comunidades le parecía un reclamo menesteroso, inútil y anacrónico (contradecía el espíritu de la Constitución de 1857). Si había llegado al poder era para preservar la hegemonía de los hacendados ahora en un régimen democrático. Para Zapata, en cambio, la restitución inmediata de las tierras significaba la única exigencia que podía justificar y legitimar la rebelión contra Díaz. Madero le exigió a Zapata que depusiera las armas; Zapata le respondió: Primero la tierra, después las armas. Si se observa la brutal estrategia militar que empleó Madero para acabar con los rebeldes zapatistas, es difícil entender cómo es que su aura (ya mitológica) esté marcada desde esos años por el idealismo y la inocencia.

Incluso una comparación somera entre Madero y Zapata hablaría de dos figuras que son diferentes no sólo por las culturas a las que pertenecen (el criollismo y las comunidades indígenas), o las regiones en las que se formaron (norte y sur), o las clases sociales que expresaron (los hacendados y la clase media baja del campesinado), sino que más bien parecen provenir de planetas distintos. La utopía maderista se inspiró en la idea de transformar la sociedad mexicana a imagen y semejanza de las sociedades occidentales liberales de la época; la de Zapata suponía algo mucho más sencillo: entregar la soberanía de la vida entera (la tierra, el agua, las leyes, el lenguaje, las instituciones, la cultura, etcétera) a los pueblos (no el pueblo entendido abstracta y demagógicamente), sino los pequeños pueblos que Juan Rulfo describe en El llano en llamas y que albergaban a 70 por ciento de la población de aquel entonces. Dos utopías que fracasaron rotundamente, y que expresan acaso las propuestas más originales que fraguó la Revolución Mexicana.

Quien permaneció asombrosamente leal a Madero hasta el final de sus días fue Francisco Villa. El espacio es breve, pero una comparación entre el jefe de la División del Norte y el Caudillo del Sur mostraría dos realidades que son simplemente incompatibles o, mejor dicho, intraducibles. Villa era norteño, fronterizo, ligado ya a cierta cultura del individualismo, y sobre todo, representaba a un ejército de paga, profesional o semiprofesional, que podía moverse a distancias inimaginables en tiempos rapidísimos.

Jamás distribuyó un centímetro de tierra. Zapata, por el contrario, es un indígena, arraigado en un espíritu comunitario, que encabeza un ejército popular basado en el apoyo de los pequeños pueblos, cuya frontera de movimiento más lejanamente imaginable es la ciudad de México. Todo su consenso está basado en la expropiación de las tierras y su entrega inmediata y directa a una sociedad de propietarios individuales, aunque comunitariamente organizados.

La gran obra de Villa fue doble: la destrucción del antiguo Ejército federal (acaso la mayor obra política de la Revolución) y el inicio de la separación violenta entre la Iglesia y las armas. Zapata, en cambio, dirige un movimiento de espíritu guadalupano y está ligado al clero bajo. Y lo esencial: para Villa la tierra es cada vez más una mercancía; para Zapata, un orden sagrado, como se espera que lo sea en toda la tradición católica. Aquí habría que entender lo sagrado a la manera de Bataille, que escribe: Lo sagrado es el horror. Perder la tierra, para los zapatistas, significaba el horror, es decir, el lugar en que la vida no tiene sentido alguno. Algo tienen en común ambos: no hay casi noticias (o al menos noticias frecuentes) de que ninguno de estos dos líderes populares haya incurrido, a diferencia de Carranza, en prácticas de corrupción.

En rigor, nadie pudo con Zapata. Derrotó a De la Barra y a Madero, derrotó a Victoriano Huerta y sus terribles ejércitos, también a los intentos constitucionalistas de acabarlo. El único que pudo con Zapata fue acaso Zapata mismo. Una vez distribuida la tierra, los campesinos de Morelos no quisieron seguirlo en su lucha contra el carrancismo. Pero por qué sigue luchando después de 1917. La razón es muy sencilla y radical: jamás creyó que el artículo 27 aseguraría el bienestar de aquellos con los que había luchado desde 1910.

jueves, 30 de julio de 2009

FELIPE "EL DISIMULADOR" CALDERÓN ES "UN VERDADERO Y COMPROBADO PELIGRO PARA MÉXICO" (Junto con PAN y PRI)


opinión tomada de "La Jornada" www.jornada.unam.mx


El señor Calderón en su burbuja

Luis Linares Zapata

La creciente pauperización de millones de mexicanos no alcanza fuerza suficiente para romper la burbuja de positivismo que envuelve al señor Calderón. Ocupado en disimular sus derrotas y omisiones, acompasado con su equipo administrativo, se estira para encontrar sustitutos que le respondan a imagen y semejanza. Trata así de soslayar las penurias que padece el grueso de los mexicanos medios y, peor aún, los de abajo, causal directa de sus infortunios. Es por eso que, a pesar de las repetidas muestras de ineficacia que estos encumbrados burócratas ofrecen en sus desempeños, adjuntadas a las peticiones de sus socios priístas para que remplace a varios de ellos, Calderón los desoye y conserva, con firmeza inigualable, a todos sus retoños. El voluntarismo que lo aqueja desde su católica niñez se ha fortalecido a través de sus correrías juveniles y las de su edad adulta. Un signo de alerta que recorre, con sus temores y desconciertos concomitantes, desde los corredores del lujo hasta las callejuelas de las barriadas más olvidadas del país.

El respaldo que otorgó el grupo de poder al señor Calderón dándole el título de Presidente, con todas sus inmensas irregularidades de origen a cuestas, flaquea en su núcleo básico y se transmina por los costados de su frágil entorno. Se acentúa así la soledad que hoy lo acosa y empequeñece.

La falta de respeto a su desempeño y capacidades brota por doquier y desata un círculo negativo en el que campea la desesperanza en venideras bondades prometidas. Ha llegado su ineficaz y torpe desempeño a fomentar todo un enjambre de preocupaciones en las esferas de mando de esta nación.

Ya no esperan de él, de su partido y de su equipo, alternativas de salidas ni cambios de actitud, menos aún mejoramiento en la conducción y guía del país. Los inocultables titubeos y torpezas que va dejando regadas se apiñaron, de manera grotesca y descarada, en las recientes elecciones de medio término. El electorado le dio una sopa de su difundido chocolate de valentías virtuales que el señor Calderón acompasó con sendas riñas callejeras por conducto del defenestrado acólito colérico que le sirvió de parapeto electorero.

Los llamados (van tres y contando) que el señor Calderón hace para la construcción de acuerdos no encuentra ecos suficientes entre la elite dirigente. La plebe no les interesa a sus altas, distantes y serenas miradas. Si acaso unas palabras de respuestas por parte del senador Beltrones, único interlocutor de peso que le queda, se hacen oír en los medios. Como si el modelo productivo y de gobierno, que todavía empuja el señor Calderón, no mostrara a las injustas claras sus cortedades e inoperancias, él y sus disminuidos colaboradores se empeñan en prolongarlo un tanto adicional.

El concierto de neoliberales que lo atosigan con exigencias de prebendas adicionales implican mayores injusticias para con la colectividad nacional. Y esos abultados beneficios los piensan (los desean) encontrar en las famosas, por infaustas, reformas estructurales pendientes. Siempre habrá algunas esperando aprobación para usos y deleites de los de arriba.

Pero la plutocracia que lo respaldó en su apañe de la Presidencia ya busca, con ahínco, al futuro suplente. Uno que les alivie tensiones crecientes por el descontento desatado por doquier. La cruenta, feroz crisis que se enseñorea de la República va horadando sin pausas ni consideraciones la esperanza de los ciudadanos, ya no se diga para alcanzar un mejor nivel de vida futuro, sino para detener el deterioro de sus miserias del día.

El grupo de poderosos cree haber encontrado al curandero de sus desvelos en el gobernador del estado de México. Y, atrás de ese espejismo, prefabricado hasta con detalles candorosos y picarescos, se han agrupado las fuerzas de elite que manejan la parte sustantiva de los asuntos públicos. Las televisoras y (en especial Televisa) cadenas de radio (con sus opinadores afiliados) se han concentrado en aceitar, pulir y propagar, diariamente y de manera dispendiosa, la atildada figura de Peña Nieto como un proyecto sustituto que los alejará de sus temores y desvelos presentes.

Este ejercicio propiciatorio mucho tiene de desfogue ante la atonía que impone, con su desgarbada presencia y altisonante voz, el señor Calderón, uno más de sus frustrados personajes preferidos.

Mas las penurias presupuestales, ya muy notables por los torpes recortes carstensianos (sólo en cuanto derivado del hacendismo retardatario y no de la famosa duda metódica) recién anunciados, prueba inequívoca de su visión recesiva, se agravan con los días de caída en los ingresos planeados; la cerrazón de horizontes que impone el discurso tonto y voluntarioso del oficialismo, que no titubea en usar hasta el triunfo de los futbolistas dizque para infundir un hálito de confianza a las masas; las huidizas oportunidades que la crisis va aniquilando a su paso devorador de empleos; (se concluirá el sexenio actual con un rezago de 5.5 millones, según estimaciones actuales) forman densas aristas que afilan y recrudecen el descontento popular y hacen dudar, a los avezados negociantes y traficantes de influencias de siempre, en perseguir la ruta acumuladora de riquezas y prestigio.

Ante tan desolador panorama, al priísmo triunfante le espera una labor bastante mayor que los arrestos y la vocación de cambio y mejoría avanzados por sus adalides. El empuje de sus gobernadores por asentar bases ciertas para una transformación, tanto del modelo como de la injusticia distributiva que aqueja al país, no encuentra asideros ciertos. Por el contrario, choca de frente con sus talantes, con firmes tintes conservadores y hasta reaccionarios. Estos líderes pretenden, si acaso, atar sus posiciones ganadas, no cometer errores que descarrilen sus aspiraciones de retornar a Los Pinos, disfrazar complicidades, asegurar espacios de impunidad para sus correligionarios descubiertos en francos delitos y empujar sus negocios grupales. Un tanto más de lo mismo y no más que eso.