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sábado, 15 de diciembre de 2012

EL KALÉVALA: La Epopeya Nacional de Finlandia


LA EPOPEYA NACIONAL DE FINLANDIA


Versión castellana  de ALEJANDRO CASONA
EDITORIAL  LOSADA, S.  A.

ISBN: 950-03-0412-0
Diseño de tapa: ALBERTO DIEZ
Digitalizado por Anelfer
Octubre 2002

PRÓLOGO

El Kálevala —título que significa la tierra de los héroes— es el poema nacional de Finlandia. Estricta­mente es una colección de cantares épicos tradiciona­les, reunidos bajo apariencia de poema. Su origen se remonta a los siglos VI a XIV, desde que los hombres de lengua finesa se establecieron en el territorio que hoy se llama Finlandia hasta la invasión de los suecos. Desde luego, al transmitirse de siglo en siglo, estos cantos sufrían alteraciones, pero en conjunto repre­sentan bien aquella época lejana.
El idioma de Finlandia pertenece a la familia finno-úgrica, muy distinta de la indo-europea, cuyas lenguas ocupan la mayor parte del territorio de Europa y parte del de Asia (principalmente la India, la Persia, la Ar­menia, la Siberia). Los principales representantes del grupo finno-úgrico, cuyos orígenes se sitúan hipotéti­camente en la cuenca del Volga, son —además del fin­landés— el estonio, el lapón y el húngaro. El finlandés recibe desde el final de la Edad Media la influencia del sueco: conquistada Finlandia por Suecia, se impone allí como oficial el idioma de la nación dominadora y se difunde como medio de expresión literaria; pero la lengua popular se mantuvo, y a ella se tradujo la Bi­blia desde el siglo XVI. En los campos, sobre todo, persistían los viejos cantos del pueblo finlandés, y apa­recían siempre nuevos poetas.
En 1822, Zacharias Topelius recogió y publicó unos pocos cantares finlandeses sobre las leyendas de los hijos de Káleva (Finlandia). Después, el doctor Elías Lönnrot se dedicó a reunir todos los cantares sobre esas leyendas: para ello recorrió el país, penetrando hasta regiones muy apartadas, durante varios años, desde 1828; después los organizó en serie, de manera que constituyesen una especie de poema, y con el título de Relévala los publicó en 1835. La importancia de esta publicación fue tal, que en Finlandia se celebra como fecha fausta el 28 de febrero, día en que circularon los primeros ejemplares del libro de Lönnrot. Desde ese momento, el idioma finlandés adquirió prestigio litera­rio en las ciudades, y los hijos del país se dedicaron a su cultivo, abandonando en parte el sueco. La moderna literatura finlandesa, data, pues, de la publicación del Kálevala.
En la primera forma que le dio Lönnrot, el poema contenía 12.000 versos, divididos en doce runos o can­tos. Pero el gran folklorista no se detuvo ahí: continuó recogiendo cantares, y en 1849 publicó una nueva edi­ción, ampliada hasta 22.793 versos, divididos en cin­cuenta runas. Después de la muerte de Lönnrot, A. V. Forsman publicó una edición en 1887 con adiciones nuevas.
El Kálevala está escrito en versos de ocho sílabas; no tienen rima, pero sí aliteración, o sea repetición de fonemas iniciales o importantes dentro de cada verso; además, se emplea el paralelismo de imágenes o de ideas.
La versión que damos aquí, en traducción del dis­tinguido escritor D. Alejandro Casona, procede de la síntesis hecha por Charles Guyot (París, 1926) sobre la base de la traducción francesa del doctísimo Léouzon Le Duc (1868).

I

EL MARAVILLOSO NACIMIENTO DE WAINAMOINEN


He aquí que en mi alma se despierta un deseo, que en mi cerebro surge un pensa­miento: quiero cantar, quiero modular mis palabras entonando un canto nacional, un canto familiar. Las frases se derriten en mi boca, los discursos se atropellan; desbordan mi lengua, se expanden alrededor de mis dientes.
Antaño, mi padre me ha cantado esas mismas palabras tallando el mango de su hacha; mi madre me las enseñó haciendo girar el huso. Yo entonces no era más que un niño, una pobre criatura inútil que se arrastraba por el suelo a los pies de la no­driza, con la barbilla goteante de leche. Pero hay otras palabras además: palabras que yo he recogido en las fuentes de la ciencia, encontrado a lo largo de los cami­nos, arrancado entre las malezas, desgajado de los árboles en las altas ramas y amon­tonado al borde de los senderos, cuando en mi infancia iba a guardar los rebaños entre los pastizales con arroyos de miel y las co­linas de oro.
También el frío me ha cantado versos y la lluvia me trajo sus runas[1]; los vientos del ciclo y las olas del mar me han hecho oír su poema; los pájaros me enseñaron su trino, y los árboles desmelenados me han invitado a sus conciertos.
¡Sí! Yo cantaré un canto magnífico, un canto espléndido, cuando haya comido el pan de centeno y haya bebido la áspera cer­veza. Y si la cerveza me falta, mi lengua seca invocará al rocío; y cantaré para ale­grar la noche, para celebrar el esplendor del día. ¡Cantaré hasta la aurora para bri­zar la salida del sol!

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