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jueves, 2 de mayo de 2013

GUY DE MAUPASSANT: Cuento, "El Amigo Paciencia".


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Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 28 de abril de 2013 Num: 947

 
El amigo
Paciencia
Guy de Maupassant

Max Ernst, collage para Una semana con Sade
Críticos y estudiosos coinciden en que es un clásico, pero no abundan en otros juicios. Existe como un velado o doloroso pudor alrededor del escritor. Provenía de familia de alcurnia venida a menos, y trabajó en los ministerios de Marina y de Educación por varios años, hasta que se dedicó por completo a escribir. Contemporáneo de Chéjov, Mauppassant escribió más de trescientos cuentos en todos los géneros, la mayoría publicados en los periódicos Gil Blas y Le Gaulois. Familiar y discípulo de Flaubert, por su conducto trabó amistad con Turguéniev y Zola. Autor también de varias novelas, sus cuentos constituyen la parte más significativa de su obra y son muchos los atributos de su literatura, en la que domina la ironía y cierto pesimismo. Tuvo una vida breve y brillante. Su hermano Hervé murió en un manicomio y el mismo Guy intentó suicidarse en 1892. Su muerte fue atroz, pero antes padeció los estragos de la cruel enfermedad (sífilis) que lo abatió. En julio próximo se cumplirán ciento veinte años de su muerte. El cuento pertenece a una especie que usualmente envejece temprano. “El amigo Paciencia”,
sin embargo, conserva todos los elementos que lo mantienen actual y bien puede ser uno de los más representativos de Mauppassant.
L.A.
El amigo Paciencia
¿Sabes qué fue de Leremy?
Es capitán en el 6º de Dragones.
¿Y Pinson?
Subprefecto.
¿Racollet?
Murió.
Buscamos otros nombres que recordasen nuestra juventud, calados con quepí y galones de oro. A poco, habíamos repasado a varios camaradas barbudos, calvos, casados, padres de varios niños y esos recuerdos nos produjeron escalofríos desagradables, mostrándonos qué corta es la vida, cómo todo pasa, cómo cambia todo.
Continúa mi amigo, ¿y Paciencia, el gordo Paciencia? 
Emití una especie de rugido.
¡Ah! Paciencia... Escucha esto... Hace cosa de cuatro o cinco años me hallaba en Limoges, en un viaje de inspección. Aguardaba la hora de cenar sentado en el gran café de la plaza del Teatro y me aburría sin remedio. Los comerciantes entraban en grupitos de dos, de tres o cuatro, bebían ajenjo o vermut, conversaban en voz alta de sus asuntos y de los ajenos y reían ruidosamente o bajaban el tono para comunicarse las cuestiones importantes y delicadas.

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martes, 9 de abril de 2013

MANUEL MEJÍA VALERA: "El Discípulo", cuento.



EL DISCÍPULO

de Manuel Mejía Valera

JAVIER DOBLÓ EL PERIÓDICO, MIENTRAS en su cara se esbozaba un gesto de malestar.
   _No es posible, no es posible _murmuró.
   Sabedora de los estados de ánimo de su joven esposo, María Eugenia le interrogó diligente:
   _ ¿Qué pasa, amor mío?
   _Ha muerto el poeta Cyril Marko en un accidente de aviación. Aunque personalmente apenas lo conocí, bien sabes cómo ha influido su poesía y su vida en mi obra. La última vez que lo vi fue cuando viajaba a Europa: parecía inquieto y me extrañó mucho que su esposa y las niñas no fueran a despedirlo.
   _ ¡Qué lamentable! _dijo María Eugenia despreocupada.
   Javier se limpió involuntariamente la húmeda frente. Se puso de pie y como un sonámbulo fue al lavabo. El agua sobre el rostro alivió en algo su angustia. Se acarició la cara delante del espejo. Había que afeitarse antes de hacer cualquier cosa. Después iría al trabajo. La compañía de sus amigos, y quizá unos tragos, le harían bien.
   Javier frecuentó los bares, durante meses, incapaz de ocuparse de nada. Al comienzo le brindaron una atención entusiasta: entre prosaico y lírico, relataba los infortunados azares de su maestro muerto. Pero la atención de los otros tocó sus límites, y a poco Javier advirtió un ir y venir silencioso, y cierto día la deserción total de sus oyentes.
   Para escapar de aquel estado _y aconsejado por uno de sus amigos, que como todos se aburría escuchando a diario el tema obsesivo_  decidió escribir la biografía del maestro.
   María Eugenia asistía con alarma a esta etapa febril de su esposo, confinado en la luminosidad gris y apagada de su escritorio.  
   _Me parece que lo estoy perdiendo_  le confesó a una amiga.
   Entretanto, la exhumación de documentos, encuestas, entrevistas, cartas, colmaban el tiempo de Javier, al paso que le revelaban coincidencias extrañas: nacidos el mismo día, aunque con quince años de diferencia (según el horóscopo ambos estaban regidos por Capricornio), sus años de infancia, su temprano interés por la poesía, la edad en que publicaron su primer libro (a los diecinueve años), su inclinación por el alcohol, la fecha de matrimonio, el mismo número de hijas, establecían entre Javier y el poeta biografiado una coincidencia singular. Una colección de fotografías comprobó el sorprendente parecido físico entre ambos poetas. Desde luego, esto agudizó la pasión de Javier en su tarea. 

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viernes, 29 de marzo de 2013

FLANNERY O'CONNOR: "El Tren" (cuento)





De tanto pensar en el camarero casi se había olvidado de la litera. Le tocaba una de arriba. El hombre de la estación había dicho que podía darle una de las de abajo y Haze le había preguntado si no tenía de las de arriba. Al acomodarse en el asiento, Haze se había fijado en que, encima de su cabeza, el techo era redondeado. Ahí estaba la litera. Bajaban el techo y ahí estaba, y para subirte tenías que usar una escalera. No había visto ninguna escalera por ahí; supuso que las guardarían en el armario. El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.
La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos... así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo.
—¿A... a qué hora bajan las camas? —farfulló Haze.
—Falta mucho todavía —contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario.
Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimento.
El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior. Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado noventa kilos, sin un gramo de grasa, y no levantaba más de metro cincuenta y cinco del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: «Soy de Eastrod»? ¿Qué le diría él?

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lunes, 21 de enero de 2013

JUAN CARLOS ONETTI: "Jacob y El Otro"


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Jacob y el otro
 
1. Cuenta el médico

Media ciudad debió haber estado anoche en el Cine Apolo, viendo la cosa y participando también del tumultuoso final. Yo estaba aburriéndome en la mesa de poker del club y sólo intervine cuando el portero me anunció el llamado urgente del hospital. El club no tiene más que una línea telefónica; pero cuando salí de la cabina todos conocían la noticia mucho mejor que yo. Volví a la mesa para cambiar las fichas y pagar las cajas perdidas.

Burmestein no se había movido; baboseó un poco más el habano y me dijo con su voz gorda y pareja:

—En su lugar, perdone, me quedaría para aprovechar la racha. Total, aquí mismo puede firmar el certificado de defunción.

—Todavía no, parece —contesté tratando de reír. Me miré las manos mientras manejaban fichas y billetes; estaban tranquilas, algo cansadas. Había dormido apenas un par de horas la noche anterior, pero esto era ya casi una costumbre; había bebido dos cognacs en esta noche y agua mineral en la comida.

La gente del hospital conocía de memoria mi coche y todas sus enfermedades. Así que me estaba esperando la ambulancia en la puerta del club. Me senté al lado del gallego y sólo le oí el saludo; estaba esperando en silencio, por respeto o por emoción, que yo empezara el diálogo. Me puse a fumar y no hablé hasta que doblamos la curva de Tabarez y la ambulancia entró en la noche de primavera del camino de cemento, blanca y ventosa, fría y tibia, con nubes desordenadas que rozaban el molino y los árboles altos.

—Herminio —dije—, ¿cuál es el diagnóstico?

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miércoles, 2 de enero de 2013

ALBERTO MORAVIA: "El amante rechazado", cuento.


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El amante rechazado
[Cuento: Texto completo]
Alberto Moravia
La calle se mostraba como una especie de túnel bajo una bóveda de diminuto y plumoso follaje verde y amarillo. Sostenían esta nube de hojas otoñales determinados árboles cuyos troncos eran de una negrura violenta y como carbonizada, que parecían empapados por toda la lluvia de los días anteriores. Innumerables hojas verdes y amarillas derribadas por el agua sobre el pellejo negro y graso del asfalto habían quedado adheridas haciéndolo parecer manchado como la piel de la pantera. En un sitio se había formado un gran montón de esas hojas; el verde y el amarillo, mezclándose y reluciendo por el agua, daban la ilusión de un oro copioso vomitado por la rotura de un cofre; y era una extraña visión, casi digna de ser deplorada como una gran riqueza inexplicablemente abandonada y despreciada. Yo no padecía, pero sabía que si hubiese tenido un dolor aquellos colores tan fuertes me habrían hecho sufrir, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado. Así, en cuanto salimos de la casa, le hice notar a Livio el color de esas hojas y de esos troncos. Pero él meneó la cabeza y contestó que no tenía la mente como para eso. A continuación, con un tono suplicante, me pidió que no lo dejara: quería estar conmigo algo más.
Empezamos a caminar delante y atrás sobre aquellas hojas, a lo largo de aquellos troncos en el aire ahumado y azulado del crepúsculo otoñal. 

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lunes, 10 de septiembre de 2012

NOCHE EN EL TREN, cuento de Jorge López Páez

copiado de LITERATURA UNAM  http://www.materialdelectura.unam.mx


Noche en el tren


               ¿Entra en el torso del tren, con su silbido. Un
               espectro anacrónico. Duele como una flecha,
               ciega y sin rumbo, un mal recuerdo. Pero
               luego se pierde su voz a la distancia y se
               vuelve indoloro.

EDUARDO LIZALDE

Para Eduardo Lizalde


El ambiente en la casa se hizo tenso. En una ocasión, al llegar yo interrumpió mi padre una llamada telefónica. Después sorprendí a mi papá pensativo, con el ceño fruncido. No duró esta situación más de una semana. El domingo, antes de que saliéramos, nos llamó mi padre a todos los hermanos. En esta ocasión no se sentó frente a nosotros, como solía hacerlo cuando había un problema que discutir, ni tampoco estuvo presente mi madre, sino que, paseándose por la estancia, nos informó que mi madre, a su edad, estaba embarazada, con problemas graves, y sería necesario practicarle un aborto, el cual presentaría riesgos. Dos días después iba a ser operada. A la mañana siguiente iba a llegar de Guadalajara el abuelo Carlos; deberíamos ir Gabriel, mi hermano mayor, y yo a recogerlo a la estación del ferrocarril. Tendríamos a nuestra disposición el coche de papá. Rosaura, nuestra hermana, tendría que irse a su escuela en lo que pudiera. Después nos exhortó a actuar con naturalidad, a prescindir en esos días de nuestras actividades sociales, ya que se necesitarían los esfuerzos de todos y cada uno. También tendríamos la ayuda de sus cuñadas, o sea nuestras tías, quienes ya tenían sus permisos en sus respectivos trabajos para no asistir.
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lunes, 20 de agosto de 2012

ALLÁ ESTÁN LOCOS, de Vicente Alfonso


copiado de EL SÍNDROME DE ESQUILO  http://elsindromedesquilo.blogspot.mx/


Crecí escuchando lo difícil que podía ser la vida en el distrito federal: temblores y asaltos. Ríos de personas como autómatas ciegos en los túneles del metro. Manifestaciones. Laberintos de asfalto donde los coches se quedaban varados por horas. Secuestros. Familias completas viviendo en un cuarto de azotea. Un cielo venenoso y gris que en los peores días dejaba sobre las banquetas un reguero de pájaros muertos.

        Con todo, era la capital del país. Me tocó visitarla por primera vez a los  ocho años, cuando mi padre decidió que ya podía acompañarlo a una reunión de trabajo. En ese tiempo no había de otra: ir de Torreón a México implicaba pasar la noche en un autobús que se detenía en cada población. Ya en el andén de salida, mi madre nos lanzó una advertencia:
—Tengan cuidado: allá están locos. 

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miércoles, 25 de abril de 2012

JULIO CORTÁZAR: El Perseguidor y otros cuentos de cine

copiado de EL LECTOR PERDIDO. COM  http://www.ellectorperdido.com



by SILVIA BARDELÁS on FEBRUARY 14, 2012
EL PERSEGUIDOR Y OTROS CUENTOS DE CINE
Julio Cortázar
RBA
La realidad es un concepto fundamental, yo diría que el más fundamental, si queremos mantener nuestra existencia en plenitud tenemos que sentirnos reales, o también se puede formular de otra manera, teniendo una existencia plena nos sentimos reales. Pero la realidad no es una cosa, es un sentimiento que nace de la relación con algo distinto a mí, sólo me puedo sentir real si tengo una presencia fuera de mí, si soy con otros, entre otros.
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jueves, 22 de marzo de 2012

JUAN VILLORO: Cuentos

copiado de MATERIAL DE LECTURA   http://www.materialdelectura.unam.mx

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juan-villoro.jpgJuan Villoro



Selección
y nota
introductoria de
Laura Zavala

miércoles, 7 de marzo de 2012

PLATERO Y YO, de Juan Ramón Jiménez: ¡Una obra maestra!


El eco



El paraje es tan solo, que parece que siempre hay alguien por él. De vuelta de los montes, los cazadores alargan por aquí el paso y se suben por los vallados para ver más lejos. Se dice que, en sus correrías por este término, hacía noche aquí Parrales, el bandido... La roca roja está contra el naciente y, arriba, alguna cabra desviada, se recorta, a veces, contra la luna amarilla del anochecer. En la pradera, una charca que solamente seca agosto, coge pedazos de cielo amarillo, verde, rosa, ciega casi por las piedras que desde lo alto tiran los chiquillos a las ranas, o por levantar el agua en un remolino estrepitoso.
...He parado a Platero en la vuelta del camino, junto al algarrobo que cierra la entrada del prado, negro todo de sus alfanjes secos; y aumentado mi boca con mis manos, he gritado contra la roca: ¡Platero!
La roca, con respuesta seca, endulzada un poco por el contagio del agua próxima, ha dicho: ¡Platero!
Platero ha vuelto, rápido, la cabeza, irguiéndola y fortaleciéndola, y con un impulso de arrancar, se ha estremecido todo.
¡Platero! —he gritado de nuevo a la roca.
La roca de nuevo ha dicho: ¡Platero!
Platero me ha mirado, ha mirado a la roca y, remangado el labio, ha puesto un interminable rebuzno contra el cenit.
La roca ha rebuznado larga y oscuramente con él en un rebuzno paralelo al suyo, con el fin más largo.
Platero ha vuelto a rebuznar.
La roca ha vuelto a rebuznar.
Entonces, Platero, en un rudo alboroto testarudo, se ha cerrado como un día malo, ha empezado a dar vueltas con el testuz o en el suelo, queriendo romper la cabezada, huir, dejarme solo, hasta que me lo he ido trayendo con palabras bajas, y poco a poco su rebuzno se ha ido quedando sólo en su rebuzno, entre las chumberas.
Dé clic en el siguiente "link" y descargue el libro completo: 
[PDF] 

Platero y yo

pdf.edocr.com/d602a452a24f48776b7c467683b59ba...

lunes, 27 de febrero de 2012

LITERATURA INDÍGENA DE MÉXICO: UNA HISTORIA CHONTAL, "El Árbol de Uvas / Te'uba

copiado de OJARASCA No. 133, Mayo 2008   http://www.jornada.unam.mx

Una historia de chontales

El árbol de uvas / Te’uba

Ajni untu yinik, Ajsimon, u kinintan te’ uba.
K’oti cha’tu yinik u yile u tsimseno’ ka an u kinintan uba.
U k’echijo’, u yits’ k’echbijo’ u luk’u’; komo juntuma an u kinintan ni te’uba u jolijo’ tika’, uyili u tsimseno’ u jajbeno’ ni te’ uba.
K’oti Ajjuan u japin k’a mach u tsimseno’.
Xitikna u bi’ejo’ dok ni yok yinik. Mach an nesesida por u kinintan lo ke es tuba u xe u tsimseno’ ni otra jentejo’
A pura lucha u jap Ajjuan.
A bixi Ajjuan u chen abisa u yajnoja ke ni u tsimsinte Ajsimon.
U yili ajnoja ke u yiktan kinintintik, mach ni xik k’a mach u tsimseno’ otra jente.
U yile Ajsimon ke che’chich, mach u ni xin u kinintan k’a mach xik u tsimseno’.
U chini otra jente ke mach u ni k’ote u yum. Ochi u laj tuk’ino’ ni uba; u laj but’ijo’ ti kostal i bixi u choneo’
U yumba bik’tesijo’i mach ni sutwini; unejo’chich kolijo’ u chen mandajo.
Che’chich an ni maldaba pan ka’; u jajben untu lo ke mach tuba; che’chich an jente, mach yo patanba; u yoche u jajben u patan u lot.
U pukij’ tak’in dok u lot; mini chinep, mini u buk, mini u pantalon tuba u chen lusi dok, pero mach jini u patanba, u patan otro.
Ayan otroba ke u chi sufri u pik’e ni fruta jini tuba u chen mantene u bixch’ok, mach tuba tik u jajben otro ajts’ujle. U chen uba lusi dok ni u patan ni yinik.
Ni yinik u chen sufri u pik’e ni te’ uba.

* * *

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domingo, 19 de febrero de 2012

NIKOLAI V. GOGOL: "El Capote"

copiado de ACANOMAS   http://www.acanomas.com



El Capote 

Nikolai V. Gogol 


(DE LAS NOVELAS BREVES PETERSBURGUESAS) 


En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres..., en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente un departamento al departamento de que hablemos aquí. 
Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas... ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués. 
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año.

Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue: 
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ALEJO CARPENTIER: "Viaje a la Semilla"

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Alejo Carpentier 
"Viaje a la semilla" 
-¿Qué quieres, viejo?... 
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas. 


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miércoles, 18 de enero de 2012

JULIO CORTÁZAR: Relato con un fondo de agua



  
A Tony, que también se llamó Lucien 

No, basta ya de nombrar a Lucien; basta ya de repetir su nombre hasta la náusea. Tú no pareces darte cuenta de que hay frases, de que hay recuerdos para mí insoportables; de que todas las fibras se rebelan si esas cosas son dichas. Deja de nombrar a Lucien. Pon un disco o cámbiale el agua a los peces. Dentro de un rato vendrá Lola y podrás bailar con ella; ya sé que eres mundano, que me desprecias un poco por mi aislamiento y mi misoginia. ¿Pero por qué nombraste a Lucien? 

¿Era necesario que dijeses: Lucien? Ya ni siquiera sé si hablo contigo; me parece que estoy solo en la biblioteca, sobre el río, sin nadie cerca. ¿Permaneces ahí, Mauricio? ¿Fuiste tú quien mencionó a Lucien? No me contestes, ahora; ¡qué ganaríamos con eso! Lo dijiste o no lo dijiste, lo mismo da. Yo soy un profesor de vacaciones que pasa sus vacaciones en su casa lacustre, mirando el río y recibiendo amigos, a veces, o perdiéndose en un tiempo sin fronteras, sin calendarios ni mujeres ni perros. Un tiempo mío, no compartido ya con nadie desde que terminaron esas clases… ¿cuándo, tú recuerdas? 

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viernes, 4 de noviembre de 2011

"RUMORES", cuento de Elisa Cárdenas Ayala


copiado de ARGOS 5/NARRATIVA   http://fuentes.csh.udg.mx

Elisa Cárdenas Ayala

Rumores
1

La culpa de todo la tienen las paredes de la casa. Esas que creímos que no hablaban. Luego resulta que mil años después nos vienen sacando a relucir las cosas, así a pedazos, como restos de un cuerpo roído por los perros.
La culpa de todo la tienen las paredes y las ventanas de la casa. Esas que creímos qué no dejaban salir los miedos a la calle, que no eran de salida. Luego tuvimos que andar escondiéndonos en las esquinas de nuestros propios miedos, sacándoles la vuelta.
Dicen las paredes que la culpa es toda nuestra por no haber dejado entrar a los perros por la tarde. Esos perros que no tuvimos y que le ladraban a la vecina de enfrente esos mismos perros.
Dicen y vuelven a decir cosas que teníamos por perdidas para siempre, dichas a media voz y con los ojos vueltos hacia dentro evitando el eco; palabras que cuidamos no dejar prendidas a cabellos sueltos para evitar murmullos.
Ahora las paredes no paran de hablar. Están desatadas. Más avanza el día y más vigor cobran sus palabras. Ya después de las cuatro empieza a vibrar toda la casa. La pintura se ha venido cayendo en pedazos. Apenas se puede respirar cuando en la madrugada por fin se calman.
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domingo, 30 de enero de 2011

EL DEL ANTIFAZ AZUL SE LLAMABA LEONARDO, por Ánuar Zúñiga Naime

copiado de EL SECTOR 7-G http://eccehumo.blogspot.com




Desde que vamos en el taxi, voy contándole historias a Bren sobre los lugares por los que pasamos pero sobre todo me sorprendo con los que desaparecieron o han cambiado: la farmacia que ahora es OXXO, la tiendita que ahora es farmacia, las casas que han cambiado de color y las calles que han cambiado de sentido.
Vamos a la casa donde pasé los primeros veinte años de mi vida. Las calles huelen igual que cuando me fui, si es que eso es posible.
Cuando estamos a punto de tocar el timbre, un hombre de traje se detiene en la puerta de la casa contigua y nos mira. Tardo unos segundos en reconocerlo, es Ricardo, el único amigo que tuve en la cuadra cuando era niño. Se acerca a saludarme y veo las entradas en la cabeza, los cañones de la barba a medio crecer. Me cuenta que se licenció en Derecho y que ahora trabaja en la asamblea del PAN. Prometemos llamadas para tomar café que nunca sucederán.
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viernes, 5 de noviembre de 2010

ROMINA AMODEI: Cuento, "Una Tarde de Otoño"

copiado de ALMIAR margen cero http://www.margencero.com



Una tarde de otoño
Romina Amodei


     Eran las cuatro de una tarde de otoño. Gris, lluviosa, y bastante fresca. Entré al salón donde se servía el té, en él se encontraban ocho mujeres, entre abuelas y tías abuelas. El murmullo se acalló de golpe. «Hola Patricia», dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en coro todas las demás. Intentaron disimular sus caras tensas, pero no todas lo consiguieron. Aurora la más charlatana me preguntó por las materias del secundario, mis amigas, los boliches y los pretendientes. Yo hablaba y todas me miraban calladas. Pregunté si pasaba algo y en coro lo negaron, no les creí. Tampoco quise insistir demasiado, parecían inquietas.
     Teresa era la más nerviosa y cuando agarraba la taza de té se salpicaba, enseguida Sara, que estaba al lado, la ayudaba. Era todo tan extraño... Siempre fueron las ocho hermanas más alegres que yo había conocido. Me siguieron haciendo preguntas y por un comentario que hice sobre mi novio, Teresa histérica dijo: «Ven todos los hombres son iguales. Las épocas no cambian nena».
     La miré atónita, Teresa tiene un matrimonio increíble junto a mi tío Ricardo. No la podía entender. El silencio invadió el salón, todas quedaron perdidas en sus mentes, concentradas sólo en sus tés, tortas y masitas...
     Sara y Josefina se levantaron para traer agua caliente y otras facturas y tortas. Los tés en esa casa eran de película, y la casa 
de cuando ellas eran chicas era casi un baluarte y nunca la quisieron vender. Estaba en una zona exclusiva de San Isidro y ahí siempre se reunían las ocho a tomar el té. Muchas veces yo me quedaba a pasar una semana o más.
     La mesa, de roble, era muy larga, imponente y rodeada por ocho rostros 
algunos más agradables que otros cargados de historias. Cada una de ellas era un mundo.
     Me fui a mi cuarto porque tenía que estudiar. Un parcial de geografía me esperaba al día siguiente. Al cerrar la puerta del salón el murmullo volvió con fuerza. Quise escuchar de qué se trataba, pero en ese momento Sara salía a buscar más agua caliente.
     —Patricia, necesitas algo, querida.
     —No, gracias. Me voy a estudiar al cuarto. ¿Sara qué pasa?
     —Nada, ¿por qué?
     —Presiento algo extraño, entré y se callaron de golpe. Ninguna dijo una palabra mientras estuve ahí, sólo habló Aurora. Ustedes no son así. Me voy del salón y empieza el murmullo de nuevo.
     —Pato, te debe parecer a vos. Mi amor, no te preocupes por nosotras, hace tu vida. Subí tranquila a estudiar.
     —Está bien, cualquier cosa avisame.
     —Está todo bien.

     Al día siguiente, a la misma hora, el murmullo no cesaba. Esta vez era más escandaloso. Entré al salón. Teresa lloraba desconsola, estaba despavorida. Aurora se acercó y me dijo: «falleció el marido hace dos horas».
     Mi tío Ricardo estaba internado hacía tres semanas, bastante mal. Pero lo más extraño era que Teresa fue sólo los primeros tres días y no quiso volver.
     Decía que no lo podía ver así, y que los hospitales la ponían muy tensa.
      Susana, mi abuela, se arrimó y me abrazó.
     —Abuela ¿por qué Teresa no volvió al hospital a verlo?
     —Nena, sos muy jovencita, no creas que puedas entender lo que pasó.
     —No importa. Decímelo igual, esta atmósfera es sofocante.
     —Cuando estemos solas y más tranquilas, prometo contártelo, tesoro.

     El clima no mejoraba y el pronóstico era poco favorable, como el de esta tarde opaca.
     Me era imposible suponer o adivinar qué había sucedido y nada ayudaba para que me sintiera mejor. El pobre viejo muerto y todas preocupadas en algo que sólo ellas sabían... De alguna manera a «pedido» de Teresa todas lo habíamos «abandonado».
     Ricardo y Teresa estaban casados hacía cuarenta y cinco años, no tuvieron hijos. Y se culpaban mutuamente por eso.
     Mi tía, más rabiosa que de costumbre, no quería ver a ningún amigo de su marido. Estaba más que dolida, como desgarrada por algo...

     Llegó la noche y con ella el velorio del tío más cariñoso. Para sorpresa de todos, menos de sus hermanas, Teresa no apareció. La odié por estar haciéndole eso a su marido. Fue todo un escándalo, que ninguna de sus hermanas pudo explicar con claridad.
     Nos quedamos con las visitas, pero nada se había tranquilizado, estaban todas alteradas. Llamaban a Teresa cada media hora para ver cómo estaba.

     A las cuatro de la madrugada no pude más y me acerqué a mi abuela.
     —Decímelo ahora, por favor.
     —Bueno Patricia, vamos al pasillo.
     —¿Qué pasó?
     —No sé cómo empezar, es mi hermana...
     —Ya lo sé, no des más vueltas.
    —Ricardo durante treinta años tuvo una amante y la «aventura» terminó ayer, cuando falleció.
     —¿Cómo?, ¿cuándo lo supieron?, ¿están seguras?
     —Sí, mi vida. Tu tía se enteró el tercer día que fue a verlo al hospital.    
     La otra estaba dormida junto a su cama, con las manos agarradas a él y la cabeza sobre su brazo. A Teresa le dio un ataque de nervios y tuvimos que ir a buscarla la hospital.
     —Pero Ricardo la quería...
     —Sí, las amaba a las dos según él. Se casó con Teresa muy enamorado, pero la vida al lado de tu tía no es nada fácil, te lo digo yo que soy su hermana. Pero no lo justifico, de ninguna manera. A mí se me parte el alma.
     —¿Cómo sabes que las amaba a las dos?
     —Hoy, cuando veníamos para acá, tu abuelo me lo dijo.
     —¿El abuelo lo sabía?
     —Era su primo...
     —O sea que le guardó el secreto.
     —Sí.
     —¿Esa mujer hoy vino?
     —Sí, está arriba. Llora desconsoladamente.
     —¿Alguna habló con ella?
     —Sí, Aurora.
     —¿Cómo se llama?
     —Cristina.
     —¿Cómo es?
     —Una mujer muy agradable.
     —¿Y ahora qué va a pasar con Teresa?
    —No sé, Pato. Habrá que esperar a que lean el testamento, porque a tu tía no le importa otra cosa ahora. Se siente defraudada.
     —Por eso está tan loca, ¿no?
    —Sí, tiene mucho miedo de haberlo perdido todo. Habrá que esperar. Él las quería a las dos, y además era una excelente persona. Hizo lo que hizo, y ella es mi hermana, pero Ricardo no tenía maldad.
     —Es cuestión de esperar...

     Pasaron dos semanas y en la lectura del testamento estábamos todos. Fue duro y doloroso. Ricardo, como dijo mi abuela, no tenía maldad, le dejó la mitad del dinero a cada una. Pero había una carta dirigida «A mi verdadero amor, Cristina». El silencio congelado que siguió a su lectura tuvo el poder de la palabra.

     Teresa, muy alterada, era un lago de lágrimas. También Cristina, una mujer frágil, que despertaba ternura, y pude entender a mi tío, aunque con mucho dolor. Salimos y desapareció como un fantasma.
     No me olvido más de esa mañana, parecía un cuento, una pesadilla... Cualquier cosa, menos algo real.

     Yo tenía quince años y el amor me comenzaba a dar temor.

 
_____________________
ROMINA AMODEI es una escritora argentina. Dirige la revista La puerta azulhttp://www.lapuertaazul.com.ar/
 
 De esta autora puedes leer también los relatos: Nosotros, los de entoncesEl recuerdo y el reportaje Hay un don (entrevista al Grupo Mulam).
FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez ©


miércoles, 28 de julio de 2010

GUILLERMO SAMPERIO: "Crucero Virtual, La banda de Ariel", "Energía de la Vida Eterna", "Wendy", entre otros cuentos

copiado de FICTICIA  http://www.ficticia.com


Samperio, Guillermo

Foto de Guillermo Samperio por Benjamín L. Alcántara               Cuentista, novelista, ensayista, antologador y promotor cultural, el maestro Guillermo Samperio (México DF, 1948) es un punto de referencia para el estudio de la narrativa mexicana de entre milenios.
               Entre las muchas distinciones a las que se ha hecho acreedor, destacan los premios Casa de las Américas 1977, en la rama de cuento por el libro Miedo ambiente, y Nacional de Periodismo Literario al Mejor Libro de Cuentos por Cuaderno Imaginario (Ed. Diana, 1991), y el reconocimiento que, por sus 25 años de escritor, le rindieron en el palacio de Bellas Artes las instituciones educativas y culturales más importantes de México (UNAM, IPN, CONACULTA e INBA).
               Con más de una veintena de libros publicados, entre los que pertenecen a su obra cuentística sobresalen Gente de la Ciudad (FCE, 1985 y con varias reediciones), Cualquier día sábado, INBA/Editorial Nueva Imagen, 1974/1994, y Cuando el tacto toma la palabra, Cuentos 1974-1994, FCE, 1999.
               Guillermo Samperio ha sido también Director de Literatura del INBA y Director de Difusión Cultural de la Universidad de las Américas y del IPN, conferencista y maestro de varias universidades nacionales y extranjeras. En la actualidad es columnista de los periódicos El Financiero y unomásuno.
  Sus cuentos en Ficticia:
  Crucero Virtual, La Banda de Ariel
Zona Espacial/Tecnología
  Energía de la Vida Eterna
Zona Espacial/Tecnología
  Wendy
Hotel/Cuartos

miércoles, 24 de marzo de 2010

JUAN RULFO: Cuento, "¡Diles que no me maten!



copiado de  ALTERNA PALABRA  http://www.alternapalabra.com/

¡DILES QUE NO ME MATEN!  Imprimir
Juan Rulfo

 -¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
"Y me mató un novillo.
"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida."
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
FIN