copiado de EL SÍNDROME DE ESQUILO http://elsindromedesquilo.blogspot.mx/
Crecí escuchando lo difícil que podía ser la vida en el distrito federal: temblores y asaltos. Ríos de personas como autómatas ciegos en los túneles del metro. Manifestaciones. Laberintos de asfalto donde los coches se quedaban varados por horas. Secuestros. Familias completas viviendo en un cuarto de azotea. Un cielo venenoso y gris que en los peores días dejaba sobre las banquetas un reguero de pájaros muertos.
Con todo, era la capital del país. Me tocó visitarla por primera vez a los ocho años, cuando mi padre decidió que ya podía acompañarlo a una reunión de trabajo. En ese tiempo no había de otra: ir de Torreón a México implicaba pasar la noche en un autobús que se detenía en cada población. Ya en el andén de salida, mi madre nos lanzó una advertencia:
—Tengan cuidado: allá están locos.
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