mapa libidinal
escrito hace un año para una revista que quedó a deberme una lana, aquí va un reportaje modesto sobre el entretenimiento adulto en el DF.
A diario negociamos nuestra supervivencia y nuestros placeres con el resto de la humanidad. Transitamos, cruzamos, batallamos, choreamos, trabajamos, aguantamos y demás. Produciendo, consumiendo y pasando el rato. Pero de toda esta enmarañada red de presta, toma y ahí te va, siempre sobra algo. Siendo así, la pregunta es: ¿qué hace cada quién con su pedazo de excedente, con ese exceso que portamos, eso que algunos filósofos han bautizado como La Parte Maldita?
Si bien no es posible, o conveniente siquiera, decir y hacer todo cuanto se nos ocurre y antoja, dónde y cuándo se nos de nuestra regalada gana (imagina, por ejemplo, la catástrofe personal que ocasionaría decir todo lo que cruce por tu mente un solo día de tu vida), tampoco se puede sencillamente descartar todos esos impulsos. Digo, ¿a dónde se van; apoco de pronto se esfuman en la nada? Los deseos se acumulan en ebullición, nos habitan y movilizan—ya sea que nos parezcan buena idea o no. Pero sobre todo: los deseos nos rebasan. Así, llega, invariablemente, el momento en que nuestra limitada existencia humana nos alcanza y dejamos de estar dispuestos a retrasar nuestra satisfacción; el humor ya no nos alcanza para seguir espere y espere, disimulando, sonriendo tímidamente, fingiendo cordialidad y paciencia: queremos algo inmediato: ahora o nunca. Buscamos de un modo u otro manifestar nuestros deseos en un estado carente de consideraciones para con un futuro incierto—de todos modos vamos a morir. En estos instantes de ruptura con el orden establecido en nuestras vidas productivas, preferimos la ferocidad de nuestros impulsos al desnudo y un desahogo total, aunque pasajero. Algo nos conduce a dejar atrás nuestras mejores ideas y planes, a cambio de nutrir y estallar los sentidos en el presente.
Pocas cosas resultan tan peculiares y fascinantes como aquellos espacios donde este exceso, este cúmulo de pulsiones, es permitido bajo ciertos códigos. Y esta ciudad, con su sin fin de recovecos, esquinas, antros y laberintos, ofrece un amplio carnaval de fantasías y perversiones. El mapa del entretenimiento “adulto” del Distrito Federal dibuja marcas en lugares inesperados, con una gama bien surtida de variedad y tonos. Podríamos de cierto modo considerarlo como un mapa libidinal de esta ciudad, que va, sin duda, desde el refinamiento de lo más sutil—represivo incluso—hasta el éxtasis de lo grotescamente explícito, transitando, sin demora, de lo divertido a lo espantoso, ida y vuelta con hartas escalas.
Pensemos por ejemplo en sitios web como Divas.com donde se puede escoger “acompañantes” con referencias incluso de haber aparecido en revistas como Playboy o Penthouse (me cae que ya sólo les faltan referencias firmadas de artistas y políticos,). Tal como se puede echar un vistazo a cualquier periódico de circulación nacional, para toparse con cientos de “masajistas” ofreciendo servicios las 24 horas; incluso con descuentos para los “mañaneros”, y paquetes 2 x 1. Pero, si se prefiere hacer la selección en vivo, pues hay burdeles disfrazados de estéticas o casas amistosas por doquier, así como avenidas como Sullivan, cuales escaparates de proyecciones, miedos y fantasías. ¿O qué tal un paseo por los perímetros del mercado de la Merced, o por San Pablo, donde conviven familias adquiriendo bicicletas lado a lado con sexoservidoras en servicio? Y este tipo de situaciones son, dentro de lo que cabe, de lo más divulgado y expuesto del GPS libidinal de esta ciudad; los intercambios que llegan a suceder a diario en esta ciudad sin consentimiento mutuo, involucrando tráfico humano (y en especial de menores) es algo terrible.
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